Carta N° 1. De cómo, por obra del azar, no nací en Tinaquillo. Queridos amigos: Desde el momento en que nací empezaron para mí las consecuencias del azar. A fines de noviembre de 1939, mientras el mundo, lentamente, entraba en el infierno de la Segunda Guerra Mundial, mi madre se preparaba a parir en el pueblo de Tinaquillo, vecino al campo de Taguanes, en donde Simón Bolívar ganó una de las batallas importantes de su Campaña Admirable y en donde pasó revista al ejército que se batiría en Carabobo el 24 de junio de 1821. Pero en los primeros días de diciembre ocurrió algo inesperado, que debe haberle dado una enorme carga de magia y poesía a mi nacimiento: un hecho maravilloso que ocurrió en una típica casa de pueblo, cuyo frente daba a la infaltable Plaza Bolívar y cuya parte de atrás daba a una calle que, dado el tamaño del pueblo, no estaba muy lejos de la orilla. La casa era compartida por los Casanova y los Daboín; los Casanova, Marco Antonio (a) Poncho, su esposa, Carlota Sucre Urbaneja, y su pequeña hija, Carlota Emilia Casanova Sucre, ocupaban la parte de atrás; los Daboín, Carlos y Marisa, que no tenían hijos todavía, ocupaban la parte de adelante. Ambos, Poncho y Carlos, eran ingenieros de caminos empleados por el Ministerio de Obras Públicas, que hacía entonces la carretera que uniría a Valencia con San Carlos (capital del estado Cojedes). Mi madre siempre me dijo que ella había viajado de Tinaquillo a Caracas en esos primeros días de diciembre porque mi abuela, su madre, se había enfermado. Pero ya muerta ella (mi madre), una noche en un restaurante, me encontré con los Daboín (Carlos y Marisa) y me contaron la verdad: una noche, mientras los Daboín (Carlos y Marisa) y mi padre, Poncho Casanova, jugaban a las cartas para matar el tiempo, algo absolutamente inútil, porque nadie ha podido matar al tiempo, y en cambio el tiempo ha terminado por matar a todos los seres vivientes, escucharon (los Daboín y Poncho) un grito que les heló la sangre y que venía de la parte de atrás de la casa. Los tres pensaron que algo grave debía haberle ocurrido a la niñita, a la pequeña Carlota Emilia que apenas tenía año y medio (días antes mi padre había salvado a Carlos Daboín de que lo picara una serpiente), pues el grito de la joven madre fue telúrico, cargado de espanto, capaz de levantar a todos los habitantes de la pequeña villa. Y, por supuesto, las cartas fueron a tener al suelo después de volar por los aires, como volaron los Daboín (Carlos y Marisa) y Poncho Casanova a ver qué había ocurrido en el dormitorio de los Casanova. Lo que había ocurrido no tenía nada de dramático, pero sí de mágico y poético: una vaca, una paciente y amable vaca, había metido la cabeza por la ventana del dormitorio en donde mi madre, Carlota Sucre Urbaneja, y su pequeña hija, Carlota Emilia Casanova Sucre, dejaban pasar el tiempo, que es algo mucho más cortés que tratar de matarlo, como hacían los Daboín (Carlos y Marisa) y Poncho Casanova antes de que el grito wagneriano de mi madre los hiciera correr a ver qué había pasado. La pobre vaca, pienso yo, había oído aquello de que en diciembre nacería un niño, etcétera, etcétera, y trató de averiguar si era cierto, pero no pudo, porque el grito de mi madre y los aspavientos de los Daboín (Carlos y Marisa) y de Poncho Casanova, la ahuyentaron y le hicieron saber que los seres humanos no son nada cordiales. El resultado de aquella curiosidad vacuna fue la huida de mi madre, que se negó a parir en Tinaquillo por miedo a los rumiantes, y llegó de improviso a la casa de su hermana, mi tía Berta Sucre de Pittier, en El Paraíso, hacia el oeste de Caracas, con sus dos hijos (la pequeña Carlota Emilia con su graciosa mirada de ojos negros y brillantes y el otro, que era yo, aún refugiado en el vientre), y pocos días después, el 12 de diciembre de 1939, fue llevada de urgencia a parir en la Clínica Córdova, en donde hoy está una de las entradas del Metro, en la Estación Bellas Artes. Por eso siempre me dijo que yo empecé a echar vainas (molestar) desde el mismo día en que nací, lo cual no es enteramente cierto ni del todo justo. Fue la vaca, por su natural curiosidad, la que causó el desaguisado. Yo, por mí, me habría quedado cómodamente en donde estaba esa noche. Aunque, de haberlo hecho, hoy no estaría contándoles lo que, a mi juicio, fue la verdadera causa de que yo no me hiciera, como mi padre, ingeniero de caminos. Salve, amigos. |