Carta N° 10. De cómo el automóvil de un borracho interfirió en mi vida. Queridos amigos: Muchas cosas me ocurrieron ese año de 1961. Escribí una novela, la primera que podría llamarse novela, en la que los personajes eran humanos, definitivamente humanos. Trataba del regreso a un pueblo, o una aldea, de un personaje que había sido importante y hasta revolucionario, y se enfrentaba al repudio de sus paisanos. Lo acompañaban sus cinco hijas, muy feas, que terminaban seducidas y explotadas por un aventurero, que era nada menos que el jefe civil del pueblecito, y convertidas en putas mientras el padre se refugiaba en el botiquín o pulpería, con los otros borrachitos del lugar. La llamé "Los cinco moldes del diablo", y por alguna razón misteriosa se me perdió poco tiempo después. Pero más importante fue lo que vivimos Natalia y yo. Para poder casarnos, además de conseguir un empleo que me permitiera seguir mis estudios, tuve que apelar a un truco que no estaba nada lejos de un auténtico fraude. Habíamos localizado en el pueblo de El Hatillo un pequeño apartamento, que era el piso inferior de una casa de tres pisos, y que nos venía como anillo al dedo. Pero no podíamos decirle a nadie que teníamos los planes que teníamos. Así que una tarde le presenté a mi desprevenida madre varios papeles que tenía que firmar, sólo que entre ellos había uno que no tenía que estar allí, y que firmó sin saber lo que firmaba. Era el contrato de arrendamiento, en el que ella aparecía como fiadora. De esa manera, no muy santa, alquilamos el piso a partir, creo, del 1º de agosto de 1961, y decidimos que nos casaríamos en septiembre. Pero un hecho inesperado nos obligó a cambiar de planes. Mi futuro suegro, actuando como padre severo, había limitado mis visitas a su casa a los fines de semana, los lunes, los miércoles y los viernes. Y en uno de esos días prohibidos, no sé si martes o jueves, hacia fines de agosto, Carlos Julio y yo, que paseábamos por la ciudad, decidimos pasar por la casa de los López Arocha, sin un fin determinado. Poco después, cuando íbamos de regreso a mi casa, a eso de las nueve de la noche, un automóvil, conducido por un borracho, nos embistió como si fuera en avión extraviado. Yo terminé la aventura tirado en el pavimento, con una buena herida en la cabeza, un par de muelas menos, dos o tres costillas fracturadas, hematomas en varias partes del cuerpo y dolores hasta en la cédula de identidad. Del pavimento me llevaron en un taxi al Hospital Pérez de León, en donde, luego de curarme sumariamente, me colocaron una "vía" en un muslo para inyectarme no sé qué cosa cada hora y me dejaron tirado en una mugrosa camilla, en un pasillo, porque no había camas libres ni habitación disponible. Resistí hasta las cuatro y media de la mañana, y a esa hora decidí mandar todo a la mismísima, me quité la "vía", recuperé mi ropa, me vestí y salí sin que nadie me preguntara nada, paré un taxi y llegué a mi casa. Con una gorra para disimular la herida, le participé a mi madre lo ocurrido y me eché a dormir hasta que los dolores me despertaron. Cerca de mediodía, luego de haber ido de urgencia al odontólogo y al consultorio de un médico amigo que revisó el vendaje y los hematomas, llamé a Natalia a contarle lo que me había pasado. No me lo creyó. Pero al final de la tarde se presentó a verme con Mariela, su tía (que después, mucho después se convirtió en nuestra consuegra) y entre risas no le quedó más remedio que creerme. Sí era verdad lo del accidente y sí estaba herido y golpeado, y sí me dolía hasta el pasado. Esa fue la causa de que decidiéramos posponer al matrimonio hasta el 14 de diciembre de 1961, día en que cumpliríamos dos años de habernos conocido. Participárselo a mi suegro fue una tarea de titanes, o más bien de telenovela. Hubo una escena que ningún escritor podría describir, y que terminó en lágrimas, alegrías y reconciliaciones. Happy end, que era en realidad Happy beginning. El 14 de diciembre, en efecto, fue la boda. Con pocos invitados porque no había dinero. Con mucha alegría a pesar de la falta de dinero. Con muy poco dinero, quizás a causa de la alegría. Como una clara demostración de que el dinero no hace la felicidad. Y esa sería la pauta a seguir por los próximos cuarenta y dos años, como mínimo. Salve, amigos. |