Carta N° 11. De cómo, por razones nada intelectuales, me hice coautor teatral. Queridos amigos: Luego de una larga luna de miel de tres días, me encontré inmerso en un fárrago de costumbres. Salíamos caso de madrugada de El Hatillo, yo a mi trabajo en una línea aérea, Natalia al suyo en un tribunal. Ya de noche, yo iba a buscarla a la casa de sus padres y, por lo general, dedicaba un rato a conversar con mi suegro, que finalmente me empezaba a aceptar, sobre todo porque yo seguía siendo un lector ávido y él lo había sido toda su vida, de modo que teníamos tema de conversación. Pero, por desgracia, su saludo, muy resentida por la persecución que sufrió durante la dictadura de Pérez Jiménez, terminó de derrumbarse en los primeros días de 1962. Murió de un infarto mientras dormía. No pudo conocer sus nietos ni saber que su hija mayor, a pesar de haberse casado con un soñador, que aspiraba a dedicarse a la literatura, tuvo un matrimonio feliz. Poco después de la muerte de mi suegro, el resto de la familia se mudó a Los Palos Grandes, a una casa de esquina que puso a la venta un ruso exilado, convencido de que la revolución comunista llegaría a Venezuela. Era el tiempo del gobierno de Rómulo Betancourt, que había sido compañero de estudios y amigo de Guillermo López Gallegos, y a pesar de que Guillermo López Gallegos se había alejado enormemente de su posición política, ordenó que a la viuda se le diera una pensión y se becara a los hijos. En noviembre de 1962 nació Natalia, nuestra hija mayor, una niña preciosa, tan llena de belleza como lo serían después sus cinco hermanos: Guillermo, Eduardo, Carlos Alberto, Luis Alejandro y Emilia Margarita. Yo había perdido el empleo y para pagar los gastos del parto concursé en un programa de preguntas y respuestas en la televisión, y gané un dineral. Pero también acepté ser coautor teatral. Arturito Uslar quería escribir una obra y me pidió que la hiciéramos entre los dos. Luego de varias discusiones, nos encerramos un fin de semana ampliado (de jueves a domingo) en la casa de Margot Antillano, en San Antonio de los Altos, y en esos cuatro días escribimos, a cuatro manos, la comedia llamada "Barrabasalia". El método que usamos fue muy simple: nos habíamos puesto de acuerdo en la trama y en lo que queríamos decir. Sería la historia de un gobierno desastroso y de cómo, el hombre más capacitado de la oposición, se negaba a asumir su responsabilidad, razón por la cual, tanto el gobierno como la oposición fueron violentamente desplazados por un golpe de estado. Yo escribí las escenas que correspondían al gobierno y Arturo las de la oposición, y luego cada uno revisó y corrigió lo que había hecho el otro. Entre ambos hicimos una especie de prólogo, y yo escribí una escena que era como un intermedio. Las escenas escritas por mí eran abiertamente humorísticas y bastante movidas. Las de Arturito resultaron un poco estáticas. El prólogo y el intermedio quedaron bastante bien. Una vez escrita la obra, con dinero a Arturito se alquiló el teatro La Comedia, en El Conde, y se contrató a Guillermo Montiel, que a su vez buscó los actores para el estreno. La obra estuvo más de un mes en cartelera, y fue abiertamente agredida por la crítica, que estaba en manos de la gente de izquierda, empeñada entonces en los prolegómenos de la lucha armada y en el rechazo a todo lo que pareciera democracia, por lo que "Barrabasalia", uno de cuyos autores era hijo de Arturo Uslar Pietri, no podía tener la aprobación de los anatomopatólogos teatrales del momento. Hoy en día, que los enfoques han cambiado, se ha dicho que fue una obra experimental y de calidad. Para mí, que hasta tuve que hacer de actor por un accidente del coprotagonista, había sido un fracaso. Por eso decidí no escribir más nunca teatro, sino dedicarme por completo a la narrativa. Veinticinco años después rompí por completo ese propósito, cuando escribí una comedia, Las Bejarano, que con música de Luis Morales Bance y disfrazada de ópera se estrenó en el Teatro Teresa Carreño, con gran éxito de público y de crítica teatral. Los tiempos habían cambiado. Y yo también. Salve, amigos. |