Eduardo Casanova en Mérida, año 2004

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas. Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.

Esta es la casa de Eduardo Casanova, escritor venezolano. Una casa ocupada por los libros escritos y publicados de 1972 en adelante, como Libros , y también algunas de las cosas que se han escrito sobre esos muebles y adornos de la casa, como lo que Otros dicen. Y una breve historia gráfica, como Galería de Fotos. Y muchos de los artículos publicados en diarios y revistas, o hasta inéditos, como Obra Dispersa. Y también, como mensajes pegados a la puerta, los Artículos Semanales, así como las Cartas a los Lectores, que permitirán a los estudiosos saber de dónde han salido y cómo se han hecho los muebles y adornos de la casa. Una casa abierta a los amigos de los libros. Y de la poesía.

Sean especialmente bienvenidos a esta casa todos los que buscan información sobre los escritores venezolanos, los novelistas, los poetas, los dramaturgos y los ensayistas de hoy.

Estas son imágenes de algunas portadas de los libros publicados por Eduardo Casanova. Para ver todos sus libros, apriete sobre estas imágenes o diríjase a la sección de Libros.

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Ultima actualización:
15/05/05

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Carta N° 13. De cómo vivir en Buenos Aires fue una experiencia formidable.

Queridos amigos:

A Buenos Aires llegamos Natalia y yo con nuestros dos pequeños hijos, Natalia y Guillermo, en la tarde del 21 de junio de 1964. En el aeropuerto nos esperaban Héctor Masnatta y su esposa, Francisco Millán Delpretti, que era el Consejero de la embajada, y unos amigos, parientes de unos parientes de Natalia. Demasiada gente. En definitiva Natalia y los niños se fueron con los Masnatta y yo con el consejero. La embajada nos haría reservado una habitación en el hotel Savoy, pero resultó que el hotel Savoy estaba sin calefacción y afortunadamente el Ministerio de Educación y Justicia nos había reservado en el hotel León, que quedaba muy cerca, así que nos instalamos en el hotel Lyon, que más que habitaciones tiene pequeños apartamentos con Kitchenette y todo. Fue allí, mientras esperaba al día siguiente que Natalia regresara, porque había salido a hacer unas compras, en donde, viendo las torres puntiagudas y los edificios viejos, que nada tenían que ver con la arquitectura de Caracas, cuando me dije: ¡Qué lejos estás de ti, Eduardo!... algo que convertido en ¡Qué lejos estás de ti, Ángel Luces!... se coló, cinco años después, en mi primera novela, mi ópera prima, "Los caballos de la cólera". Natalia había vivido algo más de dos años fuera de Venezuela, pero para mí, era la primera vez. Mi cursus había sido más o menos lógico: Tinaquillo, Barquisimeto, Maracay, Ciudad Bolívar (con pases más o menos rasantes por Caracas), luego Caracas. Y ahora Buenos Aires, que era una ciudad con mucho más vida cultural que Caracas, urbanísticamente más importante, y aunque en esa época en algunos rubros de Confort, en lo cual Venezuela estaba mucho más cerca de estados unidos que Argentina, Caracas estaba más adelantada, en general Buenos Aires era mucho más ciudad de Caracas.

Al día siguiente de nuestra llegada, el lunes 22 de junio de 1968, me incorporé a la embajada. El personal diplomático era muy pequeño: el embajador, Eligio Anzola-Anzola, el consejero, Francisco Millán Delpretti, y yo. Anzola-Anzola, que había sido ministro de relaciones interiores en 1948, en el gobierno de Rómulo Gallegos que fue derrocado por un golpe militar, y gobernador del estado Lara durante el gobierno de Rómulo Betancourt (1959-1964) no tenía experiencia alguna en el mundo de la diplomacia. Millán Delpretti, exilado durante la dictadura en Uruguay, había estado un tiempo muy breve como diplomático en Bolivia, en La Paz, de donde debió ser sacado de emergencia por la altura, y luego fue cónsul en Montevideo, de donde fue transferido a Buenos Aires a reabrir la embajada, que se había cerrado cuando los militares tumbaron a Arturo Frondizi. De manera que ninguno de los tres era diplomático de carrera, sino más bien bastante a la carrera. Después se incorporó Ernesto González Rodríguez como primer secretario. Tampoco tenía experiencia alguna; había sido fiscal del ministerio público en Lara. La embajada estaba ubicada en pleno centro, frente a la nunciatura. Era una vieja casa de tres o cuatro pisos. Mi oficina daba a la calle y estaba al lado de la del consejero. La del embajador daba más bien al patio interno. En otro piso estaba la agregaduría militar, y en otro la administración. Poco después se mudó a una casa mucho mejor, mucho más amplia, en Palermo Chico, a poca distancia de la facultad de derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Menos de un año después de llegar, regresé por unos días a Caracas, al nacimiento de nuestro tercer hijo, Eduardo. Fue entonces cuando me di cuenta en propiedad de que haber sido destinado a Buenos Aires era algo formidable, tanto para mi presente como para mi porvenir. Mi trabajo estaba a medio camino entre lo político y lo cultural. Pude ver de cerca, no diría que tratar o conocer, pero sí ver de cerca, a personas verdaderamente importantes, como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Victoria y Silvina Ocampo. El horario de la embajada, de 8 de la mañana a tres de la tarde, me impedía regresar a mi casa a mediodía, pues asistía a clases en la facultad de derecho al final de la tarde. Ese tiempo muerto lo hice resucitar escribiendo una larga novela ambientada en el tiempo de la guerra de independencia, novela que jamás terminé, pero que se convirtió en cantera de otras, especialmente de Hacia la noche. Todo parecía ir bien hasta el día en que los militares, los famosos milicos o gorilas, tumbaron al presidente Illía. La embajada dejó de funcionar y empezó, para Ernesto González y para mí, un camino de espinas que, en mi caso, terminó siendo de rosas. De eso hablaré en otra carta.

Salve, amigos.
 

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