Carta N° 15. De cómo, también en Buenos Aires, padecí mi propio terremoto. Queridos amigos: Encontrarme, de la noche a la mañana y sin la más mínima preparación a cargo de uno de los consulados generales más importantes del país fue una experiencia enorme. Lo primero que hice fue visitar otros consulados, para tratar de aprender algo de ellos. Lo segundo, tratar de poner orden. El tal Pagnini sólo iba a su oficina los viernes. De resto, se quedaba en su casa haciendo negocios sucios. Literalmente vendía las visas que los argentinos necesitaban, y por todo cobrara "habilitaciones", que compartía con algunos de los empleados del consulado. Mi decisión inmediata de no cobrar sino aquello que era estrictamente legal, me hizo abiertamente impopular entre los empleados, pero tuvo el efecto contrario entre los usuarios, especialmente entre los armadores y las empresas que exportaban bienes, o que los importaban, hacia y desde Venezuela. El hecho es que de repente me encontré trabajando doce y catorce horas al día, y tuve que dejar de leer y escribir todo aquello que no fuese documentos oficiales y cosas por el estilo. Para colmo, las funciones políticas y diplomáticas de la embajada pasaron al consulado. Afortunadamente conté con el apoyo eficiente del secretario del consulado Antonio Quintans, venezolano, hijo de cubano y de venezolana, que había vivido casi toda su vida en Argentina y que tiempo después entró a trabajar ya como funcionario, no como empleado local, en el servicio exterior venezolano. Lo que no pudimos imaginar, ni Antonio ni yo, era que de repente tendríamos que enfrentar nada menos que un terremoto, un auténtico terremoto, como parte de nuestro trabajo. Y es que a fines de julio de 1967, poco más de un año después del golpe militar que desestabilizó a Argentina (y a mí) fue el terremoto del Cuatricentenario, en Caracas y alrededores. Nosotros nos enteramos a eso de las diez de la noche, cuando Natalia y yo estrenábamos unos juegos de mesa en la casa de nuestros vecinos Tota y Cacho Seggiaro, juegos que había llevado a Buenos Aires mi suegra, Emma Arocha de López, que llegó a Argentina unos días antes. Y fue mi suegra, que se había quedado en casa cuidando a sus tres nietos, la que súbitamente se presentó, al borde de un ataque de nervios, porque minutos antes uno de los militares venezolanos que habían permanecido en Buenos Aires llamó por teléfono a decir que un terremoto había destruido a Caracas y se decía que miles de personas murieron. El hombre no tuvo siquiera la prudencia de averiguar primero y disparar después. De inmediato encendimos el televisor, y en el noticiero (El Reportes Esso, se llamaba) dijeron más o menos lo mismo, con el agregado de que estaban cortadas las comunicaciones con Caracas, lo cual convertía la noticia en algo definitivamente siniestro. A toda carrera llamé a un buen amigo, Norberto Criscaut, radioaficionado que solía comunicarnos con Caracas, y le pedí que lo intentara. Llamé también a Antonio Quintans, previendo que muchos argentinos con parientes y amigos en Caracas tratarían de obtener información en el consulado. E hice un viaje inútil al centro de Buenos Aires, a tratar de conseguir información en las agencias internacionales de noticias. Ya en la madrugada habíamos organizado un sistema de información, con una auténtica red de radioaficionados que operaría las veinticuatro horas del día, y requerimos el apoyo de la policía para organizar a los que se agolparon frente al consulado (esmeralda 909) a tratar de averiguar sobre la suerte de los suyos. Las noticias que corrían eran terribles y muy exageradas. Afortunadamente, y gracias a Norberto, nosotros pudimos hablar con mi hermana Carlota Emilia y con mi cuñada María Teresa (que además de estar en estado, se había mudado provisionalmente a la casa de su mamá), y así supimos que todos, absolutamente todos nuestros parientes y amigos estaban bien. En realidad no hubo miles de muertos, sino tres o cuatrocientos, que es igualmente lamentable. Pero sí había miles de argentinos que querían comunicarse con los suyos. Yo dejé de dormir por varios días, pues en horas de sol tenía que estar en el consulado y en horas de tiniebla en el departamento de Norberto, convertido provisoriamente en radioaficionado para que Norberto pudiese descansar un rato. Ese fue mi verdadero terremoto particular, al extremo de enfermarme físicamente, de verdad, diez días después. Afortunadamente la chancillería había enviado, como cónsul de segunda clase, a un eficiente funcionario, Francisco Iturbe, que pudo sustituirme en los días de reposo que me ordenó el médico. Y, pasada la tormenta, llegó una calma que sólo se interrumpió en diciembre, que va a ser el tema de mi próxima carta. Salve, amigos. |