Eduardo Casanova en Mérida, año 2004

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas. Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.

Esta es la casa de Eduardo Casanova, escritor venezolano. Una casa ocupada por los libros escritos y publicados de 1972 en adelante, como Libros , y también algunas de las cosas que se han escrito sobre esos muebles y adornos de la casa, como lo que Otros dicen. Y una breve historia gráfica, como Galería de Fotos. Y muchos de los artículos publicados en diarios y revistas, o hasta inéditos, como Obra Dispersa. Y también, como mensajes pegados a la puerta, los Artículos Semanales, así como las Cartas a los Lectores, que permitirán a los estudiosos saber de dónde han salido y cómo se han hecho los muebles y adornos de la casa. Una casa abierta a los amigos de los libros. Y de la poesía.

Sean especialmente bienvenidos a esta casa todos los que buscan información sobre los escritores venezolanos, los novelistas, los poetas, los dramaturgos y los ensayistas de hoy.

Estas son imágenes de algunas portadas de los libros publicados por Eduardo Casanova. Para ver todos sus libros, apriete sobre estas imágenes o diríjase a la sección de Libros.

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Ultima actualización:
15/05/05

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Carta N° 17. De cómo me encontré, de repente, en un mundo de magia perfecta.

Queridos amigos:

Después de una corta temporada en Caracas, que incluyó una operación de emergencia del pequeño Carlos Alberto, recién nacido, atravesé el Atlántico a bordo de un avión, en pleno mayo francés. Atravesé también París, un París golpeado y agitado por la extraña revolución que había invadido la ciudad, y llegué por fin a Copenhague, aquel mundo de torres y nieblas que sería mi mundo por casi cuatro años.

Era la primera vez de demasiadas cosas. Era la primera vez que en realidad viajaba solo. Era la primera vez que tenía que vérmelas, absolutamente solo, con una situación extraña. Era la primera vez que iba a asumir un cargo en donde había gente con experiencia. Era la primera vez que tenía que moverme en un medio en donde no se hablaba castellano. Y, sin embargo, el primer día en Copenhague me hizo sentir que también sería la primera vez en que entraba, de verdad, a un mundo feliz.

París, cuando lo atravesé de punta a punta, tenía muy frescas las cicatrices de las batallas entre los estudiantes rebeldes y las autoridades establecidas, batallas que también dejarían cicatrices en la historia. En el autobús que me llevó al aeropuerto grande escuché por vez primera hablar danés. No entendía, por supuesto, una palabra, y me dio la impresión de que era un idioma derretido, indefinido, blando. Sentí hasta un poco de temor. Desde la ventanilla del avión pude ver las torres y las calles de Copenhague, y todo rastro de temor desapareció. El clima estaba más cerca del frío que del calor, y yo entonces no conocía el chiste danés, según el cual un danés le dice a otro: "este año el verano va a ser jueves". Pocos minutos después de haber descendido del avión, ya en el aeropuerto de Kastrup, escuché mi nombre en los altoparlantes y que en inglés se me pedía que me acercara al mostrador de SAS, lo cual hice en cosa de segundos. Y de repente vi a un personaje con un gabán y un sombrerito de pluma, alto y flaco, con bigote, inconfundiblemente venezolano, que se acercaba atropelladamente al mostrador de SAS. O atropelladoramente, porque se llevó por delante a un pobre musiú, que fue a tener junto con sus maletas al piso. El personaje también se cayó, y con las piernas muy estiradas, un poco al más puro estilo Walt Disney, se sacó el sombrero de plumita y dijo en un inglés un tanto macarrónico, pero pronunciando cada letra y con una voz gutural, muy parecida a la del general Eleazar López Contreras: Esquíus miii. Para mí la cosa empezaba bien. O por lo menos empezaba en tono de risa. Desde el primer instante me di cuenta de que se trataba del tercer secretario de la embajada, Santiago Ochoa Antich, famoso en cancillería por sus extravagancias. Minutos después estábamos en las oficinas de la sección consular de la embajada, muy cerca de la estación central de ferrocarril, desde donde Santiago llamó a quién sabes cuántos hoteles para buscar una habitacioncita, por amor de Dios, pues se les había olvidado reservarme un cuarto para el día de la llegada. Finalmente se consiguió en un extraño hotel que daba a las líneas de tren, dos o tres estaciones más allá, hacia el norte, de la central. También desde allí llamé al embajador, Vicente Gerbasi, que me invitó a visitarlo a las cinco de la tarde (era domingo), cosa que cumplí con estricta puntualidad. A las cinco de la tarde, sharp, luego de un corto viaje en taxi desde el hotel ferrocarrilero a la embajada, que quedaba entonces en Hellerup, al norte del centro de la ciudad, el mayordomo, un agradable gallego, me abrió la puerta de la embajada (cancillería y residencia estaban en la misma casa) y pude saludar al embajador, el poeta Vicente Gerbasi, que estaba con otro poeta, Juan Salazar, que había llegado a Copenhague un par de días antes. Simplemente me sumé a la conversación de ambos. Hablamos de poesía, de narrativa, comentamos el éxito de Cien años de soledad y muchos otros temas. Vicente sabía perfectamente quién era yo. Beatriz, que en diciembre se había casado con el joven danés Kristen Drastrup, le había contado sobre mi participación en el grupo de jóvenes intelectuales, y él afirmaba que me recordaba. Una hora después, con su risa de poeta y sus ojos de tristeza llenos de alegría, me dijo: No te imaginas, Eduardo, la alegría que me da que estés aquí; desde hace seis meses, desde que se fue Quico Sucre para Alemania ¡yo no tenía con quién conversar!... Mi paso por Dinamarca no podía empezar mejor.

Salve, amigos.
 

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