Carta N° 18. De cómo recorrí el mundo mágico antes de encontrarme de nuevo conmigo. Queridos amigos: Vivir en Copenhague resultó una maravilla. Aunque durante los primeros días, muy a pesar de la amabilidad de Consuelo y Vicente Gerbasi, me sentía desconcertado, extraviado, perdido. Entre otras cosas porque tuve que mudarme varias veces de hotel. Debía alojarme en donde podía, no en donde quería. Y, para colmo, la búsqueda de viviendo se me hizo poco menos que imposible. Los cánones de alquiler eran muy altos, al extremo de que, con el sueldo que tenía, no habría podido vivir. Para colmo, es evidente que la soledad me afectaba demasiado. Me hacían mucha falta Natalia y los niños, así que empecé a mandar mensajes alarmantes a Caracas. Afortunadamente, Natalia, en vista de los mensajes, adelantó su viaje. Y bastó con su llegada para conseguir una casa ideal, a un precio muy razonable, y cuyo único defecto, que a la larga resultó una gran ventaja, era la distancia, pues no quedaba en Copenhague, sino en Humlebaek, un pueblecito ubicado al Norte de Copenhague, casi llegando a Elsinore, a media hora del centro de Copenhague, con buena suerte. Era una casa estupenda, pequeña, cómoda, de dos pisos y sótano, con un jardín relativamente grande y los dormitorios amansardados. Fue construida por un ingeniero naval, con materiales de yate y hasta escaleras de yate, y no tenía muebles, salvo los de la cocina, que eran fijos. Nos compramos una cama para nosotros y una para cada niños (excepto para Carlos Alberto, que dormía en cuna) y así nos instalamos, a hacer vida no muy distante a las de los gitanos que pronto imitaríamos en otras actividades. Porque en el otoño de 1968, gracias a la amabilidad de Vicente Gerbasi, pude hacer algo así como un Grand Tour, pero en vez de conocer excelentes hoteles y viajar en vagones de primera clase, en la red de ferrocarriles europeos, Natalia, los niños y yo viajamos por carreteras y autopistas y dormimos en Camping, en una elegante tienda de campaña azul y roja, con un corredor de tela y mosquiteros, que viajaba en un pequeño remolque pegado a nuestra pequeña camioneta Volkswagen. Era un viaje, mutatis mutandi, digno de gitanos. Pasamos por Alemania, por Bélgica, en donde nos alojamos en un Camping que bien ha podido estar en el más atrasado pueblo de la zona más atrasada de Venezuela o de Bolivia o de Haití. Gallos y gallinas se paseaban libremente por su espacio, ocupado por varios remolques (campingvogn, les dicen en danés) ruinosos, sucios, en lo que parecía un verdadero campamento gitano abandonado desde la II Guerra Mundial. Aun así, disfrutábamos cada milímetro cuadrado que recorríamos Estuvimos en París, el Lyon, para pasar luego a Italia. En Roma recorrimos milímetro a milímetro el pasado, el presente y el porvenir. Luego regresamos por Suiza, atravesamos de nuevo Alemania y terminamos en Dinamarca, felices y cargados de experiencias. Supongo que por haber leído de cabo a rabo la Colombeia de Miranda, durante el tiempo en que estuve condenado al ocio en Buenos Aires, anoté con cuidado todo lo que iba viviendo, en una especia de diario de viajes que a la larga terminó convertido en cantera literaria para mis tres o cuatro primeras novelas. Al regresar y volver a empezar mi trabajo regular, como encargado de la sección consular de la embajada, que estaba separada de la chancillería (Pero a mediodía tenía que ir a la chancillería y encontrarme con Vicente, y también con David López Henríquez, que había sustituido a Ochoa Antich), tomé una determinación: reconstruiría de memoria la novela que había escrito en Caracas en 1961 (Los cinco moldes del diablo), le haría algunos cambios y procedería a hacerla de nuevo. Vicente Gerbasi, no como embajador, sino como poeta, me alentaba a hacerlo. Y lo hice. Salve, amigos. |