Carta N° 20. De cómo "Los caballos de la cólera" se convirtió en ganadora. Queridos amigos: Cuando terminé la novela, la que pronto sería mi ópera prima, se la llevé a Vicente Gerbasi para que la leyera. Días después lo oí emocionado no sólo aprobar lo que había leído, sino exigirme que la llevara a Monte Ávila para que se editara. Yo no estaba muy seguro. No estaba convencido de que esa editorial, siendo como era del Estado, que casi todo lo que toca lo daña, estuviese en condiciones de llevarla hasta donde, de repente, me había convencido de que había que llevarla. Prefería buscar que una editorial argentina o española la publicaran. Pero la realidad, o como dirían mis tías, el destino, decidió otra cosa. Monte Ávila convocó a su primer concurso internacional de novela, que competiría con el Seix-Barral, o hasta podría sustituirlo, porque el Seix-Barral, a raíz de la salida de Carlos Barral de la empresa, no se haría más. Hice las copias necesarias y Natalia, con toda delicadeza, las envolvió una a una en papel verde, atadas con mecatillo, como si se tratara de hallacas de lujo. Así las llevé y las entregué en las oficinas de la editorial, que en ese tiempo quedaban en la zona industrial de Los Ruices. Nadie podría saber quién era el autor, pues se presentaba con seudónimo, y la identidad de quien la escribió quedaba en el misterio de un sobre cerrado, una plica, que es como les dicen a esos sobres cerrados que contienen el nombre de la obra, el nombre y los datos del autor y un mundo de esperanzas y optimismo. Por eso, cuando un día me llamaron de la editorial a decirme que uno de sus jefes, y muy importante, por cierto, me citaba para el día siguiente, me emocioné convencido de que mi novela, que entonces se llamaba "Por el valle del Lucero", me emocioné hasta los gritos convencido de que había ganado el premio, porque si no ¿por qué, con tanta anticipación habían abierto la plica y sabían que yo era el autor y conocían mis señas? Así que me puse mis mejores galas y fui a ver al personaje de marras. Pero al entrar a la oficina tuve un primer aviso de que no había ganado el premio: allí estaban, primorosamente cerradas, todas mis hallacas de lujo menos una, con su verde papel y su mecatillo. Y la una que faltaba estaba, sin papel ni mecatillo, en el escritorio de la persona que me daba la mano con una amplia sonrisa, me invitaba a sentarme y me preguntaba que si quería un café, invitación que decliné porque yo nunca he tomado café. Hubiera preferido que me ofreciera una buen vaso de agua con un tranquilizante, por ejemplo, porque aquella visita, visto lo que había visto, me puso, como solía decir mi mamá, los nervios de punta. Pero casi de inmediato el misterio dejó de serlo. Me dijo que mi novela le había encantado, que era formidable, que tenía todas las cualidades de una novela ganadora, pero, por desgracia, no fue leída por el jurado, debido a que uno de los miembros, sin siquiera haber cumplido con rito alguno, dijo que el ganador era Fulano, y otro, en cambio, declaró que era Zutano. Y se armó una dura discusión, que se solucionó cuando el tercero de ellos propuso que dividieran el premio en solución no precisamente salomónica, puesto que los dos saldrían ganando. Y así se hizo, sin que siquiera posaran sus académicos ojos los jurados en una cualquiera de las otras novelas. La persona me propuso entonces que me llevara mis hallacas, le cambiara el nombre a la obra para que no figurara entre las perdedoras y la presentara por las vías normales a la editorial. Así lo hice, y fue entonces cuando le puse como título "Los caballos de la cólera", tomado de un parlamento de Ángel Luces, en el que cita un fragmento de Blake ("Los tigres de la cólera son más sabios que los caballos de la instrucción") para decir, no con mucho pesimismo, que nosotros no somos ni tigres de la cólera ni caballos de la instrucción, sino un híbrido: caballos de la cólera. Pocos días después cumplí con lo acordado, y luego supe que los tres lectores a quienes se sometió la obra la aprobaron, dos de ellos con mucho entusiasmo y el tercero con menos. A una velocidad sorprendente se firmó el contrato, se hizo el libro y se distribuyó. Yo apenas pude ver las primeras galeradas (estamos hablando de los tiempos prehistóricos del linotipo), porque fui enviado a una misión a Japón y China continental, de la que regresé un par de días antes de mi cumpleaños (que es el 12 de diciembre de 1972). Y justamente en día de mi cumpleaños un motorizado de la editorial me entregó mis diez ejemplares de la novela, deliciosamente olorosa a tinta de imprenta. Pocos días después la vi en las vitrinas de las librerías, y me di cuenta de que, aun con la derrota en el concurso (por cierto que muchos años después, cenando en Ciudad de México con los dos "jurados" que se enfrentaron, pude verificar que lo que me habían dicho era absolutamente cierto, pues aunque uno de ellos lo negó, el otro, muerto de risa, lo reconoció), "Los caballos de la cólera" era una novela ganadora. Salve, amigos. |