Eduardo Casanova en Mérida, año 2004

Eduardo Casanova (1939). Nació en Caracas. Vivió durante varios años en Argentina y Dinamarca. Colaborador en las revistas Imagen, Revista Nacional de Cultura... - Extraído del Diccionario General de la Literatura Venezolana, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 1982.

Esta es la casa de Eduardo Casanova, escritor venezolano. Una casa ocupada por los libros escritos y publicados de 1972 en adelante, como Libros , y también algunas de las cosas que se han escrito sobre esos muebles y adornos de la casa, como lo que Otros dicen. Y una breve historia gráfica, como Galería de Fotos. Y muchos de los artículos publicados en diarios y revistas, o hasta inéditos, como Obra Dispersa. Y también, como mensajes pegados a la puerta, los Artículos Semanales, así como las Cartas a los Lectores, que permitirán a los estudiosos saber de dónde han salido y cómo se han hecho los muebles y adornos de la casa. Una casa abierta a los amigos de los libros. Y de la poesía.

Sean especialmente bienvenidos a esta casa todos los que buscan información sobre los escritores venezolanos, los novelistas, los poetas, los dramaturgos y los ensayistas de hoy.

Estas son imágenes de algunas portadas de los libros publicados por Eduardo Casanova. Para ver todos sus libros, apriete sobre estas imágenes o diríjase a la sección de Libros.

Busque en este sitio

 

Ultima actualización:
15/05/05

Mapa del Sitio

Página diseñada y mantenida por Guillermo Casanova

Carta N° 21. De cómo escribí "La agonía del Macho Luna" y qué cosas sucedieron.

Queridos amigos:

"La agonía del Macho Luna" fue mi segunda novela. La escribí, según consta en su última página, entre el 23 de marzo de 1970 y el 28 de diciembre de 1971, lo cual implica que trabajé a la vez en ella y en "Los caballos de la cólera", y que terminé de trabajar esa versión dieciséis días después de terminar la novela anterior. Un hecho cierto es que al escribirla estaba bajo la influencia de dos películas muy importantes del cinema novo brasileño: "Antonio das mortes" y "Dios y el diablo en la tierra del sol", ambas de Glauber Rocha. Las vi en la televisión danesa entre 1969 y 1970, y me impresionaron mucho. En 1974 Glauber Rocha, cenando en mi casa y después haber leído "La agonía..." me recomendó que la convirtiera en película, pero que la hiciera yo mismo, que yo mismo la dirigiera, sin otro guión que el libro. Nunca me atreví.

Agonía, en la novela, tiene el significado de lucha, que es la acepción que utiliza Miguel de Unamuno en "La agonía del cristianismo", una de mis lecturas favoritas en aquellos días. De modo que la novela no trata de la muerte del personaje, sino de su vida entera. El apodo del Macho Luna, tal como su apellido, se deben a que llevé de Buenos Aires a Copenhague un disco llamado Los caudillos, cuyo autor era de apellido Luna, y uno de los caudillos que más me impresionó fue el Chacho Peñaloza. No quise llamarlo así, sino el Macho, y, por razones obvias, Luna. Influido por la lectura de "Viaje al fin de la noche", de Louis Ferdinand Céline, incluí en la obra un personaje catalítico, cuya aparición desvía el curso de la vida del protagonista, y en homenaje (y quizá por influencia) de don Ramón del Valle Inclán, le puse el nombre de la Niña Tola. El Macho Luna, tal como Ángel Luces, es en mi concepción el paradigma del izquierdista venezolano, que por idealista pierde la brújula y termina derrotado, no por sus enemigos sino por él mismo, por dejarse tentar por las telas rojas que lo apartan del camino correcto. Y aun en llegando a puestos de influencia, se equivoca de bando a bando y hasta atrasa toda posibilidad de triunfo de sus ideales, o la hace directamente imposible. Esa es la gran metáfora del libro, o, si se prefiere, esa es la metanovela. Aun cuando la novela fue muy elogiada por la crítica, especialmente en Venezuela, me doy cuenta de que nadie, o casi nadie, captó el mensaje, pues aunque en verdad la acción parece desarrollarse simplemente en los largos tiempos de la violencia en Venezuela, en ese período de setenta y tres años en los que el país estuvo en guerra civil casi continua, y que hay una clara referencia a la Guerra Federal, el lector tendría que "traducir", y los críticos venezolanos no lo hicieron, salvo, mucho tiempo después, Víctor Bravo, que también acertó al ubicar "Los caballos de la cólera" entre las novelas venezolanas que tratan del tema de la violencia de los años 60, aunque parezca que tanto ella como la otra están ubicadas en el siglo XIX.

En octubre de 1972, para que se aprobara la inclusión de "Los caballo de la cólera" en la colección Continentes, de Monte Ávila, me pidieron que demostrara que no iba a ser un autor de una sola novela, y les entregué la primera versión de "La agonía...", que en enero o febrero del 73 sustituí por la versión terminada a fines del 72. Todo eso generó una situación curiosísima. Y es que en febrero me encontré con la noticia de que la novela era finalista en el Premio Barral, que había sustituido al Biblioteca Breve de Seix-Barral (el que ganó Adriano González León con "País portátil"). Yo no la había enviado, luego sólo podía haberlo hecho Mary Ferrero, la gerente literaria de Monte Ávila y ex-esposa de Adriano. Y así había sido. Me dijo que le había gustado tanto que le hizo las fotocopias necesarias y la envió sin decirme nada. Y que eran muchas las posibilidades de que ganara el premio. Poco después me informó que había una dificultad y un representante de Barral iba a viajar a Caracas para entrevistarse conmigo, como en efecto ocurrió: la novela tenía ganado el premio, pero se me exigía que eliminara algunos párrafos y cambiara otros, porque no pasaría la censura franquista, y lo que Barral quería era que se vendiera mucho. No acepté. Para Mary Ferrero eso fue un error gravísimo de mi parte, pues debería haber aceptado y, una vez publicada, armar un escándalo y protestar y hasta rechazar la edición, lo que al premio agregaría el escándalo y multiplicaría las ventas. Obviamente yo estaba en la edad de creer en la honestidad absoluta y rechazar esos actos de dudosa moralidad. Todavía creía en el Niño Jesús y en que los niños llegan desde París. Pobre de mí. En esos días me dejó el tren. Pero ya me sentía absolutamente seguro sobre mis pies. Ya era un auténtico novelista, con dos obras publicadas. Y pronto vendrían más.

El enredo no terminó allí, pues cuando la Editorial Arte me hizo llegar mis diez ejemplares, descubrí que la publicada por Monte Ávila no era la versión última, sino la primera. Mala suerte. Así se quedó, y ni siquiera sé que se hizo con esa última que entregué en 1972.

Salve, amigos.
 

[Principal] [Libros] [Cartas] [Otros dicen] [Obra Dispersa] [Noticias] [Fotos] [Contacto]