Carta N° 23. De cómo entré en uno de los peores valles de toda mi vida. Queridos amigos: Ocurrió entonces que entró en mi vida uno de los personajes que más daño le puede hacer a un escritor: la política. Y entró por la puerta trasera, sin darme oportunidad a sacarla de la casa. Fui nombrado Director Civil y Político e Inspector General de Espectáculos Públicos de la Gobernación del Distrito Federal. Era Gobernador un amigo de mi infancia, Diego Arria, y Presidente de la República Carlos Andrés Pérez. Fueron tiempos de grandes contrastes, grandes realizaciones, grandes carencias, grandes equivocaciones. Pero nada en pequeño. Hoy hasta sus más encarnizados enemigos tienen que reconocer que Diego fue un buen Gobernador, y que hizo por el Distrito Federal (y por toda Caracas, en general) grandes cosas. Yo, por mi parte, en ese período, inicié algo que se ha convertido en común en Venezuela: el apoyo a la llamada cultura popular. Curiosamente, los apóstoles de la cultura popular que trabajaban en el gobierno central, Alberto Patiño y Rafael Salazar, lejos de apoyarme hicieron cuanto pudieron por sabotear mi trabajo. Era el típico caso de quienes ni podían lavar ni querían prestar la batea. Pero mis programas, asesorados por varias personas bien formadas en la materia, como Oswaldo Lares, causaron algo parecido a una auténtica primavera cultural, cuyos efectos aún se sienten. Hacia el final de mi gestión también logré la creación de una institución que dio muchísimos frutos hasta que la miopía política de los que destrozaron Acción Democrática (y el país) entre 1984 y 1999 acabó con ella: Fundarte. En Fundarte se iniciaron los talleres de cultura popular, que ahora alienta una Fundación privada. Fundarte fue fundamental en el desarrollo de una política editorial, que permitió a muchos jóvenes ver publicadas sus obras y darse a conocer. Fundarte, en definitiva, marcó toda una época de desarrollo cultural del país. Pero ese florecer que logré para la cultura venezolana fue a costa de mi propio silencio literario. En 1975, luego de muchas negociaciones, pude por fin salir de la Gobernación y regresar a la Cancillería, de donde nunca quise salir. Diego Arria se encargó de que me nombraran Embajador en Dinamarca, para lo cual di un auténtico salto de canguro, que no me hizo ningún bien. En Dinamarca empecé a escribir una novela que inicialmente llamé "La Trucha". De ella les contaré a su debido tiempo. Y escribí dos bodrios que se publicaron a mi regreso a Venezuela. Sin embargo, en Dinamarca tuve la oportunidad de apoyar eficientemente a los exiliados chilenos, y entre ellos conocí a dos que se convertirían en los mejores amigos que Natalia y yo tenemos en el mundo: Alejandro Leighton Puga y Gladys Cariaga. Ya existía, tendría apenas un año de nacida, Marianne Leighton, hoy académica en el camino de las letras, y cuando se inició nuestra amistad nació Inés María, nuestra ahijada, casi nuestra hija. En 1978 Alejandro se radicó en Venezuela, en donde su talento y su capacidad de trabajo le permitieron alcanzar el éxito que se merece. En Caracas nació María Alejandra, la menor de las tres Leighton, y ahijada de mis hijos Natalia y Guillermo. Actualmente están todos en Chile, en el Chile que con inteligencia y claridad logró salir de las tinieblas y hoy es el territorio en donde con mayor intensidad brilla el sol en nuestra América. Yo también viajé a Venezuela en 1978, pero seguía en el valle de mis propias tiniebla. En esas tinieblas escribí, en Maracay, una novela que preferiría no haber escrito, y en ellas estuve hasta 1984, cuando logré ver una claridad lejana y escribí "Las alegres campanas de la muerte", que, en el fondo, es una reiteración de todo lo que había escrito hasta entonces. Salve, amigos. |