Carta N° 24. De cómo salí de las tinieblas y escribí la tetralogía "Cuarteto en Sol". Queridos amigos: Ocurrió entonces que un nuevo accidente automovilístico me sacó de las tinieblas. Fue el día de la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez, que por segunda vez se convertía en presidente de Venezuela. Yo estaba en el grupo de diplomáticos que actuaban como agregados civiles de las delegaciones extranjeras que asistían a los actos. Me tocó acompañar a Rodrigo Carazo, ex-presidente de Costa Rica. A pesar de mi insistencia en que no viajara de la Colonia Tovar a Caracas, Natalia se empeñó en hacerlo, y cuando declinaba la tarde sufrió las consecuencias de la llamada "mancha negra", en la salida del pueblo. Perdió el control del automóvil, se estrelló contra un talud y un pequeño camión chocó de frente contra su automóvil. Heridas serias en el rostro, fractura de costillas, fracturas de rodilla y tobillo y, sobre todo, rotura del acetábulo, fueron las principales lesiones. Cerca de la media noche, Reinaldo Figueredo me dio la noticia, y rápidamente fui al Centro Médico de Caracas, en donde ya la estaba operando uno de los más notables cirujanos plásticos de Caracas, Jesús Días Portocarrero. Ya amanecía cuando salió Natalia del pabellón, en donde el doctor Díaz Portocarrero había hecho milagros. Fueron horas terribles, pero, en definitiva, aquel terremoto emocional me permitió salir del valle de tinieblas. El 27 de febrero de 1989 fue el primer día en que sentí que podía volver a la calle, y así lo hice. Me encontré con Alejo Urdaneta y Jesús Omar Briceño en su bufete, en el edificio Phelps, en la Avenida Urdaneta, y de allí fuimos a almorzar a "La Atarraya", en la Plaza El Venezolano. Y de repente los mesoneros cerraron las "Santa Marías", y supimos que había disturbios en Caracas. Cuando salimos del restaurant, Jesús Omar se fue hacia el Banco Industrial y Alejo y yo regresamos al bufete con ánimos de irnos, cada uno a su casa. Pero Caracas parecía una ciudad fantasma. Y para colmo, ningún taxi se detenía. Hasta que uno se paró. Venía de almorzar, nos dijo, y sí notaba un ambiente extraño en la ciudad. Poco después, cuando rodábamos por la Avenida Libertador, vimos a una auténtica poblada de motociclistas asaltando una panadería. El taxista retrocedió asustado y nos dijo que ahí nos dejaba, que se iba para su casa, y ahí nos quedamos, desconcertados, perdidos, Alejo y yo. Lo único que pudimos hacer fue refugiarnos en el restaurant de un hotel, en Sabana Grande, y desde allí llamar varias veces a mi casa y a la de Alejo, y escuchar las noticias que iban y venían. Sabíamos que la ciudad se había vuelto un caos, y que por todos lados había saqueos y disturbios. Y, lo más importante para nosotros, que el Metro no funcionaba. Nos enteramos, no sin cierta alarma, de que el gobierno había decretado toque de queda a partir de las seis. Y como a las cinco nos dijeron que el Metro había abierto. Corrimos a la estación de Chacaíto y viajamos hasta la de Parque del Este. Las puertas sólo se abrían por unos pocos segundos y era necesario casi saltar del vagón para salir. De la estación llamamos a mi casa y mi hijo Eduardo bajó a buscarnos. Llevamos a Alejo a su casa y regresamos a la nuestra justo a tiempo. Ya se había regado por el ambiente el rumor de que en cualquier momento saquearían las casas de Los Palos Grandes, y yo me preparaba a enfrentar lo peor al día siguiente. Pero al día siguiente no ocurrió nada en nuestro vecindario, y a duras penas pudimos comprar (por una puerta casi secreta) en la casa de abastos de Julio Di Luca. Fueron días de tensión, pero salimos con bien. Especialmente yo, que decidí escribir no una, sino cuatro novelas juntas. Realizaría un viejo proyecto, concebido en 1961, de convertir en novelas los "cuatro gigantes del alma", de Mira y López: el miedo, el deber, el odio y el amor. Y para hacerlo partí de la estructura de uno de los primeros cuartetos de Beethoven el Opus 18 N° 2, o "Cuarteto de las Reverencias". ¿Por qué Beethoven? Porque Beethoven es uno de los más grandes músicos de todos los tiempos, pero no fue un genio natural como Mozart o Bach, sino que le costó sudor y sangre aprender a componer. Y fue en el Opus 18, a los veintidós años, cuando aprendió a escribir cuartetos. Y eso era exactamente lo que yo sentía: estaba aprendiendo a escribir novelas, a pesar de haber tenido un éxito notable con Los caballos de la cólera y éxitos menos notables con otras novelas. Así nacieron Lento laberinto de temor, que corresponde al miedo, Corazón de dinosaurio, que es el deber, Contra natura, el odio, y La muerte del novelista, el amor. Las escribí entre el 20 de marzo del 89 y el 26 de mayo del 93, con una larga interrupción entre el 15 de noviembre del 90 y el 13 de noviembre del 91, debida a mi paso por China. Creo que lo importante es que, tal como Beethoven aprendió a escribir cuartetos, con mi cuarteto aprendí de verdad a escribir novelas. Salve, amigos. |