Carta N° 25. De cómo el conflicto de un Banco me proveyó de una cantera preciosa. Queridos amigos: Ocurrió entonces que recibí, a comienzos de 1992, una llamada de unos amigos que trabajaban en el Banco de Venezuela: Álvaro Benavides, Esperanza Márquez y Roberto Todd. Me informaron que habían decidido contratarme para hacer un libro de lujo, dedicado a contar todo lo que se pudiera de la manzana en donde está la sede del Banco y todas las que la rodean. Y en verdad, en las esquinas caraqueñas de Principal, Torre, Madrices, Monjas, Gradillas, San Jacinto, San Francisco, Sociedad y Traposos, que son esas nueve esquinas, ocurrieron tantas cosas, o se pueden relacionar con tantos hechos, que se puede contar casi toda la historia de Venezuela. Yo tenía mucho material y una gran biblioteca, pero busqué la ayuda de José Rivas-Rivas, que me preparó una muy completa bibliografía, que yo casi dupliqué poco después. Y después de firmar un contrato (redactado por mí) en el que se fijaban los plazos de entrega, cesión de derechos y, especialmente, el de publicación, así como mis honorarios por derechos de autor, emprendí la tarea, en jornadas de nueve y diez horas diarias, siete días a la semana, hasta que completé una primera versión, que sin solución de continuidad revisé y corregía hasta completar la obra. Paralelamente, el Banco contrató a un excelente fotógrafo, Luis Brito, para ilustrar el libro, y uno de los mejores diseñadores gráficos del país, Pedro Calzadilla, para que creara el libro-objeto, así como a Alberto Márquez para la revisión y corrección de los textos. Era un libro de lujo. Pero el Banco entró en crisis y tanto mis amigos como la junta directiva que me contrató, presidida por mi pariente Carlos Alberto Bernárdez, salieron de la institución, y la junta directiva que sustituyó a la saliente no se caracterizaba precisamente por su eficiencia. Tanto, que aun habiendo pagado una fortuna en derechos de autor y honorarios de todos los que intervinieron en la elaboración del libro, no lo editaron dentro del plazo previsto. Cuando me llamaron de nuevo porque querían sacarlo a la luz, les pedí que me pagaran de nuevo y esperaran algún tiempo para hacer correcciones y agregados, y así se convino. Pero insistieron en que eliminara unos párrafos en los que agradecía a mis tres amigos y a la junta anterior su confianza en mí, a lo cual me negué. De modo que de nuevo el Banco perdió el tranvía. Pero perdió mucho más, pues la ineficiencia no se demostró sólo en lo relativo a mi obra, sino en tal grado que el gobierno debió intervenirlo. Así perdieron los directivos sus cargos y los accionistas todo su dinero. Fue un desastre. Posteriormente el Banco fue comprado por el Grupo Santander, de España, y hubo un tercer intento de editar mi libro, que no quedó en nada. Dos veces me habían pagado los derechos de autor, y dos veces se había frustrado la edición, y para colmo de aquel proceso yo adquirí un material estupendo, suficiente para sacar de aquella cantera cuatro o cinco libros, que fue lo que hice. El primero fue una novela, "El señor de la montaña", de la que hablaremos más tarde. El segundo, un libro sobre el tiempo de Simón Bolívar, llamado "En los días de Bolívar", editado por la Universidad Metropolitana y del cual también hablaremos más tarde. Pero sobre este último hay algo digno de entrar en el libro de récords de Guiness: y es que quien aportó los fondos para pagarme los derechos de autor fue ¡el Banco de Venezuela!... De manera que el mismo Banco pagó tres veces por un libro que no salió nunca, o que saldría fraccionado, y gracias a esa casi involuntaria generosidad empresarial yo armé una auténtica cantera de la que he estado sacando magníficas piedras para hacer, no esculturas, sino conjuntos escultóricos dignos de la antigua Grecia. Salve, amigos. |