Carta N° 26. De cómo escribí "El señor de la montaña". Queridos amigos: Cuando en otra carta les dije que en realidad aprendí a escribir novelas mientras componía la tetralogía Cuarteto en Sol, me refería al hecho de que todas las anteriores, incluida Los caballos de la cólera, que tanto éxito tuvo tanto ante la crítica como entre el público, las hice con un sistema errado. En realidad, publiqué "Los caballos de la cólera" a instancias de Vicente Gerbasi y de Mary Ferrero, pero aún tenía demasiadas dudas en cuanto a mi capacidad para dominar un género que requiere tanta madurez como es la novela. Publicar las demás fue una consecuencia de haber dejado que "Los caballos..." saliera a la luz. Todas ellas fueron hechas con una planificación al detalle. Escribía primero lo que podríamos llamar una sinopsis previa, en donde, en un par de cuartillas, me planteaba lo que quería narrar, del comienzo al fin. Luego empezaba a subdividir la historia, después subdividía lo subdividido, y así hasta llegar a los fragmentos que podían ser los capítulos (que en el caso de "Los caballos..." no existían, pero pueden identificarse en los cambios de ambiente o de personaje). Entonces desarrollaba cada fragmento (capítulo), identificando bien los personajes, hasta llegar a una media cuartilla o un poco más para cada uno. Finalmente decidía en que orden los presentaría, a partir de cierta estructura que tenía que ver con los tiempos, hasta con los tempi musicales. Y sólo era a partir de ese momento cuando escribía, cuando desarrollaba la narración, hasta completar la novela. Todo estaba, desde luego, perfectamente previsto, y quizás por ello el crítico alemán Wolfgang Luchting, con respecto a "Los caballos...", opinó que estaba todo demasiado ordenado, como si se tratara de poner cada cosa en su gaveta después de haber hecho una especie de limpieza a fondo y hasta una especie de inventario de hechos y personajes. Y la vida no es así. Con Cuarteto en Sol fue, por vez primera otra cosa. Sabía lo que iba a contar de cada personaje y lo conté tal como me fue saliendo de una memoria inventada. Me di cuenta de que el estilo no está en la forma de la novela, sino en el uso del lenguaje, de la sintaxis. La novela es un continente, y no importa en realidad su forma. Mis primeras novelas, desde "Los caballos de la cólera" hasta "Las alegres campanas de la muerte" (escrita durante el paso por el valle de tinieblas, concretamente entre 1975 y 1985), son muy parecidas entre sí. En "La noche de Abel" (producida en 1990, al salir del valle oscuro) se produce una ruptura, porque inicialmente quise hacer una biografía de Sucre, y de repente la convertí en una novela. Pero el verdadero quiebre, apoyado en la experiencia de haber escrito "La noche de Abel" sin plan detallado, se produjo con la tetralogía. Y la primera vez que apliqué esa experiencia, es decir, lanzarme de cabeza a hacer una novela sin plan alguno, sino permitiendo que la imaginación llevara las riendas sin atarse a ningún camino preconcebido, fue cuando escribí "El señor de la montaña". Lo único preconcebido allí fue la decisión, muy consciente, de hacer poesía en la novela. De usar un lenguaje poético en la narración. De resto, simplemente utilicé material que ya estaba a mano, de mi cantera, como punto de partida para hacer ese gran homenaje a la Serranía del Ávila, que es "El Señor de la montaña". Si lo conseguí o no, lo dirá el tiempo. Salve, amigos. |