Carta N° 6. De cómo, por vivir solo, tuve que vivir hasta tres vidas a la vez. Queridos amigos: Federico y yo leíamos juntos y escribíamos juntos. A veces uno leía y el otro escuchaba, y a veces cada quién leía por su cuenta. Así empezamos a recorrer los espacios de Proust, Martin du Gard, Hesse, Kafka. Y mientras leíamos a Kafka, comenzamos a escribir como Kafka. Ocurrió entonces algo que revela una característica muy personal de Federico, y es que Julia, su madre, sin que lo supiéramos, leyó nuestros cuentos y, con ánimo de alentarnos, los comentó y hasta nos felicitó una noche mientras cenábamos. Federico no dijo una palabra, pero al subir a su dormitorio terminó el cuento kafkiano que estaba desarrollando con una frase grotesca, y más nunca en su vida escribió. Nadie, ni siquiera Julia, tenía derecho a entrar sin permiso en sus territorios. Más de una vez, cuando sentía que alguien se le acercaba demasiado, le decía cualquier barbaridad para alejarlo. Como yo estaba en cuenta de eso, fui el único amigo que aceptó desde su infancia hasta el día de su muerte, No me ofendía ninguna barbaridad que me dijera, y si utilizaba conmigo ese recurso, yo, en vez de irritarme, me reía y le contestaba otra barbaridad por el estilo. Ambos nos reíamos y seguíamos siendo amigos, como si nada. Cuando murió, en 1977, teníamos previsto que se alojara por una semana en mi casa, en Dinamarca. Habíamos hablado unos días antes por teléfono y me había dicho que viajaría a Roma y que de Roma iría a Dinamarca a visitarme. Teníamos mucho que conversar, me dijo. Pero el lunes siguiente me llamó un amigo desde Alemania a decirme que Federico había muerto de repente, en un restaurante de Caracas. En aquellos días de 1956, cuando no podía imaginar que Federico moriría, o que yo moriría, porque a los dieciséis años la muerte no existe, fue cuando me integré al grupo de María Antonia Frías, el de los jóvenes del sindicato de la inteligencia, del que después saldría más de un guerrillero y, a la larga, más de una persona útil a su medio y a la sociedad en general. Paralelamente, y porque también Carlos Julio Casanova, mi primo hermano, había dejado de ser simplemente primo hermano para convertirse en mi otro amigo, empecé a frecuentar otro grupo, del que más bien saldría más de un fascistoide, que se reunía en la casa de unos parientes nuestros, los Escobar Fernández, hijos de un Escobar Saluzzo, primo hermano de mi padre. Era como llevar dos vidas separadas, pues los unos no aceptaban a los otros y los otros no aceptaban a los hunos (Sic, hunos, sí, los fascistoides que cantaban himnos nazis, fascistas y falangistas, y que después aparecieron en el partido Copei, en la Izquierda Cristiana y ahora, por lo menos uno de ellos, en el grupo fascista de Venezuela que está en el (des) gobierno de Hugo Chávez). En el grupo de María Antonia se oía buena música y se hablaba de buena literatura. En el otro se oía mala música (en especial los himnos nazis, fascistas y falangistas) y no se hablaba de nada importante. Federico no se sentía a gusto entre mis amigos intelectuales y ni siquiera le sugerí que conociera a los otros. Carlos Julio, aunque aceptaba a los intelectuales, no tenía con ellos demasiados puntos de contacto. Ni con los otros, a pesar del parentesco. Y poco tiempo después, luego de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, me encontré haciendo malabarismos, no entre dos grupos, sino entre tres. Aquel tiempo de dos vidas fue también el tiempo en que fuimos, Carlos Julio y yo, periodistas en la revista Momento. No sólo éramos periodistas, sino que nos convertimos en astrólogos con el seudónimo de Profesor Kassan, en comentadores de ajedrez como La cátedra, y si no exploramos otros caminos fue porque la revista cambió de manos y los echaron a la calle. Y fue también el tiempo en que nos dedicamos en cuerpo y alma a combatir la dictadura de Pérez Jiménez, hasta a riesgo de nuestras vidas. Un antiguo combatiente republicano español, anarquista por más señas, nos enseñó técnicas de lucha, de resistencia. Que hacia el final de esa etapa nos fueron muy útiles, sobre todo cuando Carlos Julio y yo tuvimos que escoltar al Poncho Casanova, mi padre, su tío, a un escondite, porque el tiranuelo Pérez Jiménez había ordenado que lo mataran, a fines de 1957. Con los sistemas que habíamos aprendido lo llevamos con absoluta seguridad hasta el Puerto de La Guaira, en donde se escondió hasta el día de la caída de la dictadura, que fue el 23 de enero de 1958. Salve, amigos. |