Carta N° 9. De cómo empezó de repente y también por azar mi verdadera vida. Queridos amigos: Esa noche del 14 de diciembre de 1959, cuando vi a aquella niña rubia, vestida de azul celeste, sonriente, rodeada de parientes y amigos contentos, me di cuenta de que todo lo que había vivido yo hasta entonces no era sino un simple prólogo, una preparación, un entrenamiento para lo que empezaría a vivir desde ese instante. Cuando se fueron casi todos los invitados, salimos a pasear por la ciudad que Natalia había dejado algo más de dos años atrás. En ese tiempo había paseado por Europa, había estudiado inglés en un pueblo cercano a Londres y se había pasado tres meses en Roma, en la casa de sus tíos Media Arocha. Y esa noche terminamos en Los Próceres, en el espejo de agua, y llegué a mi casa cuando amanecía. Dormí todo el día siguiente, pero el 16 volví a verla, invitado por Gustavo y varios amigos y parientes de Natalia. Cenamos en un restaurante llamado El Caney, en El Rosal, y yo me las apañé para sentarme en la mesa junto a ella. A partir de ese día y durante muchos meses, con la excepción del 2 de enero del 60, día en que ella fue a visitar a las monjas salesianas en Los Teques y yo fui con Carlos Julio casanova y Alonso Palacios a la Colonia Tovar (cuya carretera se inauguró en diciembre del 59), la visité todos los días, y pronto fui objeto de burlas de todos los que escucharon mi enfático discurso en contra del matrimonio. También mi hermana, desde su viaje de Luna de Miel, me escribió riéndose de mi y de aquel giro de ciento ochenta grados que había dado al conocer a una niña, que obviamente había llenado el espacio de las cartas que le escribía. Su vocación de monja, nacida del agradecimiento hacia las religiosas que apoyaron a la familia López Arocha durante los tiempos aciagos de la dictadura, cuando el doctor López Gallegos debió sufrir prisiones y persecuciones absurdas, no resistió mucho. Ya el 28 de diciembre, dos semanas después de habernos conocido, era evidente que no iba a ingresar a convento alguno. El 1° de marzo del 60, inmediatamente después del "cañonazo", abandoné raudo a los míos y fui a misa, yo, ateo convicto y confeso, al Colegio San Ignacio, en La Castellana con la esperanza de verla. Terminada la misa, corrí a la casa de Paco Arocha, que quedaba también en La Castellana (Natalia me había dicho que estarían allí en la madrugada), y la encontré. María Teresa, su hermana, al verme llegar a la casa, la llamó (¡Natalia, tienes visita!) y Natalia, que jugaba con los hijos de Paco y Tena, me recibió con la más bella y amable de todas las sonrisas imaginables. Poco después le enseñaba mis cuentos y hasta me ayudó a pasar a máquina varios de mis escritos. Ya todo estaba decidido. Y por ella volví a estudiar, y por ella busqué trabajo. Y por ella, según Rafael Vegas, mi vida empezó a tener sentido. Atrás quedaban todas las locuras y los disparates imaginables. Mis amigos intelectuales, que en su gran mayoría se ubicaban en la izquierda e iban entrando en el equivocado camino de la violencia, se dieron cuenta de que yo no los acompañaría. A los otros, simplemente, dejé de verlos. De allí en adelante sólo me interesaba estar con Natalia. Y a partir del 14 de diciembre de 1961, cuando nos casamos, después de que ella completó sus estudios de bachillerato en el Santiago de León, estuve con Natalia siempre. Toda mi vida. Salve, amigos. |