Franceschi El país está pasando por el peor momento de toda su historia. Aún peor que aquel que se inició el 13 de enero de 1830, cuando José Antonio Páez, un caudillo amigo de lo ajeno, destruyó con trampas y mala fe la obra de Simón Bolívar, a quien execró y mató de tristeza. Peor también que el tiempo en que gobernó Julián Castro, un incapaz que llegó al poder por carambola, porque nadie quiso aceptar la Presidencia en un momento particularmente difícil. Y que el tiempo de Ignacio Andrade, incapaz, impuesto por la mano violenta y tramposa de Joaquín Crespo, que murió poco después de forzar la trampa electoral y dejó a su pobre pupilo sin rumbo ni destino, al extremo de que pudiera llegar por la violencia a la Presidencia un caudillete andino, incapaz, impreparado, arbitrario, que le impuso a Venezuela treinta y seis años de atroz dictadura. Hoy, Venezuela vive la combinación de todos esos momentos, con un Presidente incapaz, charlatán, demagogo e inculto, que ha engañado a la población y hasta se podría decir que la mantiene embrujada, y que lleva al país a un despeñadero terrible. Por desgracia, los que controlaban el poder, los adecos y los copeyanos, no sólo abusaron de él, sino que lo corrompieron con sus desplantes, con sus deshonestidades y sus estupideces, por lo cual el poder se escapó de sus manos y cayó en las de los chavistas, que son los mismos adecos y copeyanos pero disfrazados de militares, cuando los militares no están preparados para gobernar ni pueden prepararse, después de una vida de extirparse la inteligencia e imponerse la dicotomía mandar y obedecer, mandar al de abajo y obedecer al de arriba, humillarse ante en de arriba y humillar al de abajo, no discutir y, por lo tanto, no estar dotado para razonar con propiedad. Y eso es algo que todo el mundo sabe aunque casi nadie se atreva a decirlo: todo aquel que llegue a subteniente es porque se adaptó a ese sistema brutal que cercena la inteligencia verdadera y, por lo tanto, no puede actuar en un sistema democrático que requiere inteligencia, esa misma que tampoco tuvieron los adecos chiquitos y los copeyanos chiquitos, que en su inmensa mayoría hoy son chavistas por oportunismo y por obra de sus propias aberraciones. Hoy el país marcha hacia un desastre, hacia una Constitución inconsistente, chavista, mal pensada y peor aprobada, que hará mucho más daño que la del 61, que al fin y al cabo tenía sus cosas buenas aunque la descomposición de Acción Democrática y Copei impidiera que se aplicaran del todo. Y hay que prepararse, hay que dedicarse a trabajar, cada quien en su celda de abeja, para resistir y para que el país salga del foso en el que lo han hundido los adecos, los copeyanos y los chavistas. Una primera batalla se dará en el referéndum de la Constitución. Hay que entender que en esa batalla es poco lo que se puede hacer. La mala fe de los chavistas tiene engañada a la mayoría, que de verdad cree que la nueva Constitución les va a dar de comer. Y con hambre no hay mal pan. La segunda batalla es la de las elecciones que pueden venir después del referéndum. Y allí sí hay que dar la batalla a fondo. Hay que tratar de que el sujeto inculto que comanda a los adecos corruptos y copeyanos corruptos que hoy se llaman chavistas reciba un buen golpe, un golpe masivo que lo desestabilice. Y eso no se puede hacer con un adeco, como Ledesma, que trata de lavar con cloro viejo la podredumbre de su partido, insepulto aún, pero cada día más muerto. Ni con un adeco como Fermín, que cada día muestra más su debilidad y su indefinición. Ni con un copeyano, como Salas Römer, que ya demostró que no tiene nada en la bola. Ni con Jorge Olavarría, que es muy inteligente pero no sabe jugar en equipo. Parecería, entonces, que sólo hay que pensar en Alberto Franceschi, que es, literalmente, una voz en el desierto. |