Un enfermo en Miraflores Uno de los más genuinos, honestos y sacrificados revolucionarios que ha dado Venezuela, hombre que renunció a su carrera militar y todas las prebendas que ella le ofrecía para entregarse a una revolución que resultó imposible, y que apoyó a Hugo Chávez desde el primer golpe fracasado del 92 hasta poco después de las elecciones del 98, me explicaba su cambio radical, su rechazo a Chávez, con estas palabras: "ese señor no se ha dado cuenta de que es Presidente de la República". Y otro de quien podría decirse casi lo mismo, salvo que no fue nunca militar, me explicaba también su cambio frente a Chávez, a quien apoyó y hoy adversa, diciéndome que con sus burlitas y sus desplantes Chávez le falta el respeto a Venezuela y a todos los venezolanos. Hace unos días vimos todos al Clown de Sabaneta recitar ante el país entero una horrible coplilla, de una vulgaridad inaceptable, que decía "El pobre San Juan de Dios / le dijo a su monigote / por más que te tongonees / siempre se te ve el bojote". Es un texto grotesco, feo e indigno. Yo, que nunca he sido mojigato ni puritano y más bien se me ha acusado de irreverente, jamás habría dicho eso en público. Ni en privado. Es una falta de respeto a la población católica y a los venezolanos en general, aunque haya una masa de imbéciles que le celebren la payasada. El tipo, de verdad, como que no se ha dado cuenta de la importancia del cargo que, para desgracia del país, ocupa. Llegó a Presidente de la República con los votos de un altísimo porcentaje de venezolanos. El 90% del electorado estaba hasta la coronilla de los abusos y los caradurismos de los adecos y los copeyanos, y el candidato a quien ese bufón enfrentó, Henrique Salas Römer, aunque hablaba de haber hecho un muy buen gobierno en Carabobo, ofrecía algo muy parecido a lo que podían ofrecer los copeyanos y los adecos, y nadie podría garantizar que iba a cumplir lo prometido, dados los antecedentes de adecos y copeyanos. En cambio el "Gracioso" de Sabaneta ofrecía algo distinto, algo nuevo, algo diferente, nada parecido a las ofertas adecopeyanas. Eso fue lo que inclinó la balanza en contra de Salas Römer. Y lo que desgració a Venezuela. Los hechos son contundentes: el individuo cumplió, en lo exterior, en lo aparente, en lo superficial, parte de sus promesas: hizo, a su medida, una nueva Constitución que desde el primer día empezó a violar, le cambió el nombre al país, preparó el terreno para quedarse trece años en el poder, acabó con la descentralización, etcétera. Pero lo que no ha cumplido ni va a cumplir es con mejorar al país. Al contrario, el país está peor que cuando ganó las elecciones. Cada día hay más hambre, más pobreza y más desempleo. Cada día hay más incertidumbre e inseguridad. Cada día se alejan más las posibilidades de recuperación de la economía. Y es porque el sujeto no sabe, no puede gobernar. No estaba nada desorientado el humorista catalán Noel Clarasó cuando dijo que sí hay un peor sordo que el que no quiere oír, que es el no puede. Y este elemento no puede gobernar. Simple y llanamente, no está capacitado para gobernar ni tiene en su entorno gente que sí lo esté. Es un hombre con muy poca formación intelectual, y sin la suficiente honestidad como para admitir que tiene que empezar por aprender lo elemental. Tiene, en grado superlativo, la terriblemente dañina "viveza criolla", y con ella ha engañado a medio mundo. Es un perezoso en grado superlativo, deshonesto hasta el extremo de citar autores que nunca ha leído, y peor aún, de fingir que sabe algo cuando lo ignora del todo. Y, para colmo, tampoco es honesto en relación a la cosa pública, puesto que tolera y alienta los hechos que ya son del conocimiento público y que lo dejan muy mal parado. Mis buenos amigos revolucionarios, que creyeron con la mayor buena fe que el individuo de marras iba a hacer una revolución en Venezuela, ya están poco menos que asqueados. Y tendrían razón para considerarlo oportunista, simple aprovechador del poder en sus peores facetas y hasta estafador de una revolución que cada día se ve más lejos, si no imposible. Tienen toda la razón en estar indignados, a no ser, como me ha sugerido un siquiatra también amigo, que se trata de un simple caso de enfermedad mental, en cuyo caso sus faltas de respeto a su propio cargo y al pueblo de Venezuela, no merecen el castigo que mucha gente está empezando a pedir, sino lástima. |