Ahora: Adelante... El 15 de noviembre, en algo más de una página de La Razón, se publicó un trabajo mío con el título "6-D, Las Elecciones del Miedo". En él vaticiné varios hechos que se han cumplido con precisión matemática. Y lamentable. Los adecos, que durante mucho tiempo cumplieron el papel de soporte y base de la democracia, se habían acostumbrado a abusar del poder y tenían que salir del escenario embarrados. Fue un gran partido, con hombres de la categoría de Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Rómulo Betancourt, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Raúl Leoni, y con simpatizantes como Manuel Pérez Guerrero, Andrés Germán Otero, etcétera. Pero en 1998 llegó al colmo de imponer como candidato a un anciano chillón, autoritario y capaz de llenar con su ignorancia una inmensa enciclopedia de páginas en blanco. Copei, mucho menos importante que Acción Democrática, cumplió, porque así lo quisieron con mucha inteligencia los adecos, el papel de deuteragonista de Acción Democrática. Pero le tocó gobernar y lo hizo muy mal, con demagogia, con abuso de poder, con ineficiencia y con poca honestidad. En 1998 no tuvieron mejor idea que imponer como candidata a una ex-miss, cabezahueca, impreparada, que gobernó en Chacao con toda la superficialidad imaginable y a base de matraca, burocracia y, sobre todo, pantalla. Era, pues, inevitable, que la mayoría, la inmensa mayoría de los venezolanos, buscara otros caminos. Y sólo había el de un militarcito golpista, demagogo, impreparado y fascistoide (aun sin saberlo, porque para ser fascista se necesita un grado de cultura que el tal militarcito ni siquiera tiene), y un ex-gobernador demasiado copeyano como para poder engañar al electorado, y que se vendió como mil veces mejor de lo que en realidad era. El triunfo del militarcito era, pues, en toda lógica, inevitable, sobre todo porque parecía prometer algo nuevo, diferente. Y lo que ha pasado después, era también inevitable: el militarcito, sin darse cuenta de que lo que el país realmente necesita es un cambio de rumbo, ha utilizado las mismas trampas, los mismos abusos de poder, las mismas formas deshonestas de aquellos que lo pusieron en donde está, y el que tiene que pagar por esa realidad es el porvenir del país, que sigue en manos de los llamados adecos chiquitos, que ahora se llaman chavistas. El militarcito imita a Juan Domingo Perón, que a su vez imitaba a Benito Mussolini, y de verdad se cree sus propias mentiras y se deja adular. Y con ello compromete inevitablemente el presente y el porvenir del país. Cita a Bolívar, quitándole dignidad, pero sólo cita lo que le conviene, y deliberadamente ignora que a Bolívar le horrorizaba la presencia de la mentalidad militar en el gobierno. Se ha engolosinado con el poder y, lo que es peor, con su éxito basado en la falta de honestidad, suya y de sus seguidores, con lo cual puede estar metiendo al país en un camino terrible. No significa eso que todos sus seguidores sean deshonestos. Me consta que por lo menos tres de sus ministros son gente honrada y actúan de buena fe, pero no puedo decir lo mismo ni siquiera de uno de sus constituyentistas, que, además, no tienen ni siquiera el mínimo de preparación que se necesita para hacer una buena Constitución. El resultado de todo lo que anuncié y se ha cumplido está a la vista. Pero la Tierra seguirá girando. El país tiene que seguir adelante, a pesar de la incapacidad de quienes lo gobiernan. Todo el porvenir depende de la gente honrada, es decir, de quienes no tienen mandos políticos. AD y Copei han muerto y deben seguir muertos porque ya no representan a nadie. Hay que sustituirlos por otros grupos que sí representen a la gente y sí tengan algo que ofrecer. Y hay que seguir adelante, con trabajo, con confianza y, sobre todo, sin ceder a la tentación de ser tan deshonestos como los adecos, los copeyanos y los chavistas, que son, en definitiva, los mismos que mataron a Sucre y a Bolívar en 1830. Y que quieren matarnos a todos en 1999. |