Arar en el mar Cuentan que eso fue lo que dijo Simón Bolívar que había hecho, poco antes de morir, cuando entendió que había fracasado. Que de su increíble gesta no salieron pueblos felices, sino desgraciados. Y parecería que en esos ya casi dos siglos que han pasado desde entonces, los venezolanos han aprendido muy poco. O, peor aún: no han aprendido nada. ¿Qué otra cosa puede deducirse de lo que estamos viviendo en julio del 2004? Tenemos un gobierno pésimo, que no puede sostenerse ni por las buenas ni por las malas. Estamos a punto de ganar una gran batalla, cuando el 15 de agosto la mayoría de los venezolanos vote "Sí" en el Referéndum Revocatorio. Pero bien podríamos ir derecho a perder la guerra. Sí, a perder la guerra, como le pasó a Manuel Antonio Matos con su "Revolución Libertadora", que, en 1903, fue de victoria en victoria hasta la derrota final. Y lo que condenó a Matos a la derrota fue la falta de visión, la estupidez, de los caudillos, que preferían pelearse entre ellos por un pedacito a ponerse de acuerdo acerca del todo. Combatían a uno de los presidentes más horribles que ha tenido Venezuela: Cipriano Castro, de quien tiene muchos elementos el actual y horrible presidente de Venezuela, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, que va a ser revocado el 15 de agosto del 2004, pero, si los actuales líderes, los caudillos de nuestro tiempo, siguen como van, va a retornar triunfador en el 2006. Vivimos una terrible emergencia, causada por la falta de talento de los que dirigieron los partidos políticos a partir, digamos, de 1990, que prefirieron sus propias y mínimas ventajas a lo que el país exigía. Sobre la estupidez de esos dirigentes cabalgó un caudillo amoral, deshonesto y falso, que ganó las elecciones de 1998 y desde entonces ha hecho con el país lo que le ha dado la gana, salvo gobernarlo. Y que, como producto de sus propios y feos vicios, va a ser revocado en agosto del 2004. Pero si esa manera de actuar de los dirigentes políticos no se modifica, no encuentra un camino cierto, de nuevo seremos derrotados por el caudillo bovista, o boviano, pero nunca bolivariano, que tanto daño le ha hecho a la república y a sus habitantes. Yo, entre otros, pensé seriamente en la posibilidad de que se hicieran unas elecciones primarias para definir el candidato de la democracia en las próximas elecciones. Hasta que oí y calibré los planteamientos de Reinaldo Casanova, que se pueden resumir así: unas primarias despertarían las ambiciones y los resentimientos de muchos candidatos, cuando sólo hay dos que ofrecen la seguridad de ganar: Manuel Rosales y Enrique Mendoza. Simplemente porque cada uno de ellos tiene su propia base de sustentación, que pasa del millón de votos, y si cada uno de ellos, como parece cierto, se ha comprometido a apoyar al otro si es el otro el candidato, cada uno de ellos parte con una ventaja de dos millones de votos y la casi seguridad de que de inmediato se le van a sumar otros tres o cuatro millones, con lo que el triunfo es seguro. Pues bien, creo que a esa argumentación no hay nada que se le pueda oponer, por lo cual me convencí de que mi propuesta de hacer unas primarias con el apoyo de "Súmate" no era en absoluto sensata. Unas primarias, además de poner a los candidatos a caerse a mordiscos, dado el grado de amoralidad de los chavistas, serían torpedeadas por el CNE dominado por los chavistas. ¿No es fácil verlos imponiéndose en la realización de las primarias de modo que el candidato sea el que a juicio de ellos tenga menos oportunidad, o peor aún, el que lo vaya a hacer peor? De esa manera facilitarían el retorno del Jeddi en el 2006. Así que vamos a decirlo de la manera más clara y terminante: Hay que dejarse de pendejadas. Unas primarias no van a solucionar el paquete que tiene Venezuela hoy en día, y en cambio van a enturbiar la atmósfera hasta hacerla irrespirable. Sobre la marcha, déjense de lado las aspiraciones personales y reconózcase que hay que escoger entre dos gobernadores, el del Zulia y el de Miranda, el que menos nos disguste. Y al de los dos que sea seleccionado, hay que darle todo el apoyo. Todo. Y hasta un poco más. Y luego hay que pensar en cómo impedir que se repita lo del 1998. Y para eso no hay otro camino que hacer una nueva Constitución que evite del todo la concentración de poderes y la burla a la propia Constitución. Si no se hace así, pronto comprobaremos que, como Bolívar, se habrá fracasado. Se habrá arado en el mar. En el espantoso mar de la felicidad que tanto ha pregonado el peor gobernante que ha tenido la pobre Venezuela en toda su historia, que, además, es un mar estéril y de aguas contaminadas. |