Estación de máscaras, de Arturo Uslar Pietri Por Eduardo Casanova 20/06/2005 1. El tiempo perdido.
Estación de máscaras es la continuación de Un retrato en la geografía. Debería haber formado parte de una trilogía (que también pudo ser una tetralogía) que Arturo Uslar Pietri llamó con un título tomado de Juan de Mena (Laberinto de fortuna) y que se quedó en sólo dos tomos, debido a que, por una parte, Uslar Pietri inició la aventura de escribir Laberinto de fortuna con una finalidad política que se frustró en 1964 y, por la otra, a que Uslar Pietri se sintió mal ante el silencio o el rechazo de la crítica venezolana y, así como Enrique Bernardo Núñez ante el absurdo silencio con que fueron recibidas sus novelas Cubagua y La galera de Tiberio, decidió no volver a escribir ficción, Uslar tomó la determinación de no componer una novela más en el resto de sus días. Por fortuna, no mucho después recapacitó y nos obsequió el resto de su obra novelística, en especial Una visita en el tiempo, que recibió el Premio Rómulo Gallegos en 1991 (ocasión en la que formé parte del jurado que lo decidió).
En Estación de máscaras, a diferencia de la primera del ciclo, el autor utiliza con mucho dominio varias de las técnicas que poco después usarán Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes et al, y que caracterizarán en buena las novelas del mal llamado Boom de la narrativa latinoamericana. Así, Uslar Pietri juega con el tiempo, aplica técnicas cinematográficas como el Flash back y convierte al lector en parte muy bien integrada del proceso de comprensión del material que tiene frente a sí. El comienzo de la acción (y uso deliberadamente el término cinematográfico) corresponde al momento en que Álvaro Collado, el protagonista de Un retrato…, inicia a bordo de un trasatlántico su viaje de regreso a Venezuela (p. 9). Los referentes temporales que aporta el autor nos hacen entender que deben haber pasado unos diez años desde que Collado salió de La Guaira huyendo de la posibilidad de ir a prisión por haber estado entre los que dispararon cuando la policía intentó tomar la Universidad Central de Venezuela (y que debe entenderse como la manifestación del 14 de febrero de 1937), acción en la que murieron un estudiante (que en la vida real fue Eutimio Rivas) y un policía, Lázaro Agotángel, que bien puede haber caído a causa de un disparo hecho por Álvaro.
2. El lenguaje.
Quien haya leído previamente Un retrato en la geografía, descubrirá, desde el primer renglón de Estación de máscaras, que hay un deliberado cambio de estilo. Ya no es el lejano al "arte literario" ni el estupendo barroco con que abría la primera novela: Ese mugido profundo y tembloroso que hace vibrar los cristales de las copas y las maderas de las sillas, sordo, poderoso, bronco, no es el del dragón del tiempo que agoniza, es el de la sirena del barco que ha desatracado y comienza a deslizarse río abajo, hacia el océano (p. 9). Allí, además de una excelente prosa, hay acción, hay desplazamiento, hay concreción. El lector siente las vibraciones del cristal y la madera, y siente el movimiento de la enorme masa del trasatlántico que se desliza, río abajo, hacia el mar abierto. El lenguaje utilizado por Uslar Pietri está muy lejos del estilo barojiano, a su vez lejano al "arte literario", que domina casi todo el espacio de Un retrato… Por el contrario, Uslar Pietri se interna de lleno en el "arte literario", hasta en los diálogos, de los cuales puede haber abusado deliberadamente en la novela anterior, pero en Estación… son manejados con técnicas cinematográficas muy bien aplicadas. En las páginas siguientes, mediante varios recursos literarios, se recrea lo ocurrido a lo largo de los diez años en los que Álvaro estuvo autoexilado. El siguiente capítulo (p. 13) le presenta al lector al otro protagonista de la obra: Lázaro Agotángel, el hijo del policía muerto. También con recursos de esa novelística que después conquistaría los mercados internacionales, Uslar Pietri desarrolla lo que fue la vida del hijo del policía desde que la familia Collado se encargó de su educación y hasta lo empleó, a pedido del que creía haber matado al padre. Es interesante ver que la "redención" del joven que hasta quedar huérfano había vivido un una zona marginal de Caracas, en uno de esos barrios miserables, cuyos habitantes eran, en general, campesinos ineducados que habían migrado a la ciudad, y que vivía una vida lindante con la delincuencia y sin muchas posibilidades de desarrollarse, no produce un trabajador sano ni un hombre de bien, no logra que el personaje se convierta en una persona realmente útil a la sociedad, como habría podido esperarse de acuerdo con las tesis positivistas que aún imperaban en los años de las décadas de 1950 y 1960, sino que produce un ser astuto, trepador, oportunista, a quien le interesa por encima del todo el poder adquirido a toda costa, sin cortapisas morales, como veremos después. En los capítulos siguientes Uslar Pietri va saltando en el tiempo, hasta concentrarse en lo que va a ocurrir en la novela, en una seguidilla interesantísima de hechos en informaciones (pp. 60 y siguientes) que centran la atención del lector en la acción, en el argumento, en la trama.
Es importante señalar que la crítica literaria del momento no le reconoció esos méritos, que son evidentes, a Uslar Pietri. Poco después se derretiría ante los libros del Boom, sin aceptar que el uso de la narrativa no lineal y muchos otros elementos los había usado Uslar Pietri con especial éxito en la primera mitad de la década de 1960, lo cual debería haber sido más que suficiente para que su éxito no fuera "relativo", como señaló el crítico venezolano Domingo Miliani años después. Y muchos años después, en 1985, en un foro en la Biblioteca de la Universidad Nacional Autónoma de México, sostuve la tesis de que desde 1928 Venezuela no ha tenido una verdadera crítica literaria (con muy notables excepciones), y eso perjudicó notablemente a los novelistas venezolanos, puesto que, visto desde afuera, parecía que el país no tuviera ningún movimiento novelístico importante, y tres "críticos literarios" venezolanos, que estaban presentes, rechazaron fuertemente mis planteamientos, pero otro crítico, auténtico crítico literario, no precisamente venezolano, sino uruguayo y ubicado en el ranking muy por encima de aquellos tres, se paró a apoyarme y terminó diciendo que si los venezolanos no defendíamos a nuestros autores, nadie lo iba a hacer por nosotros: Emir Rodríguez Monegal. Y eso fue lo que pasó con esta gran novela de Uslar Pietri: debido a la indiferencia y hasta a la hostilidad de la poco sólida crítica literaria venezolana, que tenía muy pocas excepciones, fue en su momento un esfuerzo perdido. (Continúación) |