Estación de máscaras, de Arturo Uslar Pietri (Continuación) La trama, el argumento de la película (la novela) no es nada complicado: Álvaro Collado, después de diez años de autoexilio, en los que se dedicó a estudiar, regresa al Venezuela, que después de los gobiernos de Eleazar López Contreras (1935-1941) y de Isaías Medina Angarita (1941-1945), cayó en el trienio de Acción Democrática (cuya mención Uslar evita cuidadosamente), producto del un golpe de estado. En el tiempo en que regresa Collado hay un claro ambiente golpista (p. 82), el ejército se prepara a tomar el poder, y uno de los personajes más notorios de ese ejército es un retaco oficial, de apellido Maldonado (que es Marcos Pérez Jiménez) a quien Álvaro vio fugazmente en un burdel muchos años atrás. Álvaro se encuentra por fin con Lázaro Agotángel, el hijo del policía muerto que se convirtió involuntariamente en protegido de Álvaro y su familia, pero no en un hombre de bien, sino en hombre de confianza y testaferro del militar Maldonado, y en un simple trepador de la peor especie, capaz de cualquier crueldad y, sobre todo, capaz de participar en cualquiera de los actos de corrupción que realizan los altos militares, él como testaferro de Abel Maldonado, y que caracterizará los diez años de dictadura militar que padeció Venezuela entre 1948 y 1958. También se reencontrará Lázaro con Zulka Reyes, Zulka de Milvo, que en cierta forma representa a Venezuela en Un retrato…, pero que ahora tiene junto a sí a una joven bellísima, su hija Sibila, que es la Venezuela posible de que tanto habló Uslar en sus ensayos y en sus discursos. Zulka (Venezuela) está más madura, menos atractiva, pero su hija, la Venezuela posible, con quien previamente Álvaro mantuvo un diálogo excelente (p. 89), tiene aún más atractivos para Álvaro (para la juventud venezolana, que es el objetivo de Uslar Pietri en estas novelas).
Álvaro es presionado por su cuñado Verrón, por su hermano mayor y por varios amigos para que participe en los posibles negocios del Comandante Maldonado, en los que su contraparte, Lázaro Agotángel, es pieza fundamental. Yo te tengo que presentar al Comandante -le dice Agotángel a Collado-. Te va a gustar. Es un jefe. Y sabe apreciar a los hombres (p. 99). Álvaro prefiere no responder. Allí está claramente señalado uno de los peores defectos de la Venezuela de entonces (y de 1998 en adelante): el Jefe. El caudillo, el militarote. Algo que debería haber desaparecido con la imposición del sistema democrático, pero que subsistió y reapareció con toda su fuerza en 1998. Uslar Pietri, en 1964, lo predijo. A renglón seguido reaparece en la pantalla el escritor Luis Sormujo, el de la "u" de Uslar, y se hace evidente que Uslar Pietri ya no se identifica en absoluto con él: Tenía más asomante la quijada y mostraba, casi dolorosamente la esclerótica de los ojos por entre los párpados descolgados de perro viejo. (…) Cambiaba de librea política sin gran esfuerzo. Estaba ahora de embajador en un país del sur (p. 102). Y, sin embargo, pone en su boca expresiones que revelan la opinión del autor sobre el país del que tuvo que exilarse en 1945; habla de "aguas de cloaca que han inundado este país", al que califica de "piara de váquiros hambrientos que se entredevoran a falta de mejor ocupación", etcétera. Pero en esa escena, lo más revelador es lo que dice Sormujo, el de la "u", cuando Álvaro le habla de su obra (de Sormujo) literaria: La miran con respeto, chico, pero no la leen. Y si la entienden le cogen miedo a uno, y es peor. A mí siempre han procurado tenerme lejos. Mientras más lejos mejor. Cuando Venezuela acredite una Embajada en el Polo Sur, allí me mandarán a mí (p. 103). ¿Se requiere explicar lo que está dicho en esas líneas? Tampoco hay que explicar las estupendas escenas de película, de muy buen film de autor, que siguen al encuentro entre Álvaro y Sormujo. Revelan a un Uslar Pietri buen observador y excelente narrador, que presenta, mediante paneos y tomas de distancia la realidad del país: los jugadores de dominó (entre quienes está el hombre fuerte, el Comandante Maldonado), las señoras elegantes que hablan naderías, los personajes caricaturescos que forman una Corte de los Milagros. Y entrelazados en esa corte están Lázaro y Álvaro, que cuando el otro le pregunta si juega, le responde que muy poco, pero podría haberle contestado, en palabras del narrador, (en las que es muy importante una de las tesis de Sormujo, el de la "u"), que no había hecho otra cosa. Todo había sido azar en su vida, como en la de Lázaro. Las dos habían sido determinadas por un mutuo azar. O decirle, con la teoría de Sormujo, que allí todos jugaban, sin saberlo, y que toda la historia del país era una larga partida avarienta. Un envite. Los soldados de Alfinger jugaban a las tabas. Pero Lázaro no sabría lo que eran las tabas, ni quién fue Micer Ambrosio. Cada huesecillo tenía cuatro caras. Era todo lo que se necesitaba para el azar. Y cada cara un nombre. Hoyo, tripa, carne. De eso sí debía saber Lázaro. Y culo. Podría soltarlo delante de Zulka (p. 109). Y a renglón seguido se produce el segundo encuentro entre Álvaro y Sibila, la hija de Zulka, que está entre adolescentes pero sin dudarlo se enfrasca en una estupenda conversación con el que, sin duda, le causa un especial interés.
Luego, el lector-espectador verá pasar ante sus ojos una serie de escenas cargadas de interés, en las que Uslar Pietri reproduce un ambiente que no conoció, puesto que estaba exilado en New York, pero que muchos parientes y amigos le reconstruyeron cuando regresó a Venezuela, en la primera mitad de la década de 1950. Es el ambiente previo al golpe de estado de 1948, en el que el Comandante Maldonado (Pérez Jiménez) es rodeado de adulantes y logreros, entre quienes el primero es Lázaro Agotángel. El protagonista, Álvaro Collado, en quien Uslar Pietri ha colocado ahora buena parte de su propia realidad, se deslinda radicalmente de Agotángel: Ésta es la revolución de Lázaro -declara con furia-, de lo que él es, de lo que él representa. Una gentuza sin ideas, sin principios, que quiere ponerle "la mano al coroto", como dicen ellos. La verdad de lo que hay allí es Lázaro y sus apetitos y sus impulsos. Yo no voy a servirle a Lázaro (p. 123). Una declaración de principios que bien habría podido hacer en 1999 o en el 2005, en lo cual el escritor Arturo Uslar Pietri cumplió plenamente con el papel que deben tener los escritores: el de conciencia de su sociedad. Unos renglones después, Uslar Pietri hace explícito el papel que le atribuye a Zulka de Milvo, Zulka Reyes, cuando pone en labios de Álvaro, que dialoga con Zulka, estas palabras: En una época llegué a pensar que mi país tenía tu rostro (p. 126). Después Álvaro querrá escaparse de lo que va a tener que vivir y se refugia en el estudio de un pintor, Rafael Lamas (Héctor Poleo), en el que no se habla de política (p. 134). Luego llegará, inevitable, el golpe de estado (p. 136). El Comandante Maldonado no preside al Junta de Gobierno, y eso mitiga un poco la euforia del grupo de adulantes que lo rodea, y es allí cuando se inicia el verdadero carnaval, la verdadera estación de máscaras, representada por los contratos y los negocios que se anuncian en la celebración del golpe, en la que brindan alegremente por el "hombre fuerte", el Comandante Abel Maldonado (p. 140). (Continuación) |