Estación de máscaras, de Arturo Uslar Pietri (Continuación) Hay que recordar que la intención de Uslar Pietri al escribir estas novelas no era estricta o puramente literaria. Quería enviar un mensaje claro a la juventud venezolana, que debía sentirse representada inicialmente en Álvaro Collado y después en Sibila Milvo. Por eso ese deslinde tan radical con Lázaro Agotángel, que representa la barbarie, el caudillismo, lo primitivo venezolano, que entonces Uslar Pietri encarnaba en los adecos y los militares que tumbaron a Medina Angarita y en los militares que tumbaron a los adecos. Eso hace muy importante la trama amorosa que empieza a armarse del capítulo 25 (p. 143 y siguientes) en adelante. Porque Sibila, que es la Venezuela joven, es codiciada por Igor Pérez, hijo de Oromundo, otro trepador primitivo, que representa la vieja política. Álvaro visita la casa de Zulka y Sibila, y conversa con Zulka mientras Sibila recibe a Igor en el porche. Zulka llama a su hija para que salude a Álvaro, y la descripción que hace Uslar Pietri no puede ser más expresiva ni más cinematográfica: Zulka los llamó para que vinieran a saludar a Álvaro. Entró con Sibila un hálito de salvaje pureza. Al mirar parecía iluminar con los ojos. Igor con su cara de gato, con sus orejas puntiagudas y separadas, sonreía sin hablar. La ancha quijada era la misma de su padre (p. 143).
A partir de ese instante, la acción empieza a cerrarse en torno a la pareja que van a formar Álvaro Collado, la juventud venezolana que ha madurado, y Sibila Milvo, la Venezuela posible, la Venezuela renovada, optimista, la Venezuela que debe ser. Desde luego que hay varias tramas secundarias que se desarrollan paralelamente, pero el interés del lector-espectador se centra en el progreso de la novela de amor, que no novela rosa, que el autor-director empieza a ofrecer (realizar) a partir de ese encuentro y los sucesivos. Quizás el momento culminante del inicio de esa relación se produce durante una discusión entre Sibila e Igor, en la que Sibila manifiesta (tácitamente) que cree en el diablo, lo cual es rechazado por Igor que busca algún apoyo en Álvaro, sólo para descubrir que Álvaro también cree en el diablo (p. 140), lo que da pie a que poco después, en diálogo entre Álvaro y Sibila, Sibila declare que no le gustan ni Lázaro Agotángel ni Igor Pérez (la Venezuela joven declara que no le gustan ni la Venezuela primitiva, caudillista ni la gente que sigue a los caudillos primitivos), y Álvaro (la juventud que ha madurado) se atreva a preguntarle: -Ahora me pica la curiosidad de saber algo. ¿Y yo? ¿Me pones en la misma categoría de Lázaro y de Igor? Sibila hizo un gesto de sincero asombro. Iba a protestar con vehemencia pero algo pareció detenerla. Se serenó, bajó el tono de voz y le dijo como si le revelara un secreto: -No. Tú eres distinto. Tú crees en el diablo (p. 151)
"Corten, se imprime", habrá dicho el director. La escena salió perfecta. Cupido hizo muy bien su trabajo. La suerte está echada.
En las páginas 154 y siguientes hay una "escena" que para mí tiene especial importancia, no sólo por su calidad literaria (cinematográfica), sino por una razón muy especial (aunque hay otra que explicaré después). La razón muy especial es que, independientemente de la infidencia de Arturito Uslar (Braun), me prueba más allá de toda duda que si fui yo, Eduardo Casanova (Sucre) el modelo que utilizó Arturo Uslar Pietri para darle vida a su personaje Álvaro Collado, pues el final de la "escena", la parte que podríamos calificar de erótica, muy bien narrada por Uslar Pietri, es algo que me ocurrió a mí a mediados de 1958 y que le conté a Arturo Uslar (Pietri), entre horrorizado y divertido inmediatamente después de que ocurriera. El buen novelista que era Arturo Uslar (Pietri) debe haber anotado lo que el joven de 18 años que había seleccionado como modelo para el personaje Álvaro Collado le contó y, con mucha gracia lo incluyó al final de la escena, que, como dije antes, tiene mucha importancia para mí y para cualquier lector, en la que Álvaro Collado se reúne con tres pintores, Narváez, Cabré y Poleo, Luis Sormujo, el de la "u", Centalla, que es Jóvito Villalba, un poeta vanguardista que hace palimpsestos y que no tengo la más leve idea de quién pueda ser, y una mujer, Isotta Gavio, que si sé perfectamente quién es, pero, por supuesto, no debo identificar públicamente por eso que para los españoles y descendientes de españoles es tan importante y que llaman caballerosidad, y, entre otras cosas, hablan de una novela que estaría escribiendo Álvaro Collado, que es Eduardo Casanova, pero en quien el autor de Un retrato… coloca, como ha venido haciéndolo a lo largo de la obra, características de sí mismo. No hay que olvidar que la historia que le narré era la de un muchacho de 18 años, pero la que el novelista pone en su libro le sucede a un hombre de unos 32, edad que Uslar Pietri tenía en 1938, cuando probablemente pensara en escribir un libro como el que Álvaro Collado quiere escribir, y que describe así: Ya no somos el país rural de hacendados y peones, de guerrilleros y leguleyos que sigue apareciendo en nuestras novelas. Nos hemos convertido en otra cosa y hay que reflejar eso en los libros. La noción mágica de la realidad que el petróleo ha despertado en nosotros. Tal vez una especie de epopeya primitiva. La Odisea del venezolano que no puede regresar a su vida ordinaria perdido entre los dioses y los fantasmas malvados. Todo ese delirio que nos posee. Ser ricos sin trabajo, ni ahorro. Alcanzar todo sin esfuerzo, los inmigrantes, los especuladores, los intermediarios, los traficantes de influencias, los peladeros que se convierten en urbanizaciones, la sensación de poderse topar en cualquier desván con una lámpara de Aladino. Eso hay que buscar algún modo de decirlo. Y de inmediato el joven Collado sugiere que esa novela podría llamarse "El laberinto" o "El Minotauro". Es Uslar Pietri, que ahora se identifica con el personaje - no con el modelo - Álvaro Collado, y lo pone a decir lo que él quiere decir, a explicar el por qué de escribir Un retrato en la geografía y Estación de máscaras: El laberinto de fortuna.
Volviendo a la trama, al guión, Álvaro Collado tendrá dificultades por haber asistido a una reunión subversiva, con Centalla, por lo que es llevado a la tenebrosa Seguridad Nacional, de donde lo saca el poderoso Agotángel. El incidente servirá para que se establezca, ahora sí, definitivamente, la relación amorosa entre Álvaro y Sibila. Sibila y Álvaro.
Y para no hacer demasiado largo este trabajo, y especialmente para no quitarle a los posibles lectores el debido suspense, digamos que el resto de la historia, que contiene momentos intensos e importantísimos, debe ser leído por quienes esto lean, y que sólo voy a destacar el Happy end que para su film quiso el autor–productor–director, y que con toda seguridad el lector–espectador va a disfrutar enormemente, pues está excelentemente logrado. Al final de esa última escena del film, el autor–productor–director, absolutamente satisfecho con lo que los dos actores (Álvaro y Sibila), el camarógrafo, el sonidista, los iluminadores, los maquilladores y todos los que tenían alguna función en el set, hicieron, dijo en voz alta, fuerte e inteligible: ¡Corten!… ¡Se imprime!... Y todos estallaron en una sonora ovación, seguros de que habían logrado una obra maestra, una verdadera obra maestra que merecía el aplauso general de la crítica y del público, así como todos los premios posibles en todos los festivales posibles. Pero, por desgracia para el autor–productor–director, para la novelística venezolana y para Venezuela en general, no fue así…
(Continuación) |