Contra Ignacio, por Ignacio Me había propuesto no escribir más nunca sobre política o actualidad, porque hacerlo contamina. Lo último que trabajé en ese campo fue un análisis previo a las elecciones presidenciales, en el que llegué a la conclusión de que la política venezolana se ha degradado tanto, que había que escoger entre un militar golpista, impreparado y lenguaraz, y un ex-gobernador sin pasta de líder (los demás eran una ex-miss con poco cerebro y un anticuado viejo sin cerebro alguno, aparte de otros que apenas eran lo que se dice "simbólicos"). Por eso, decidí que sólo publicaría crónicas de una antigüedad que, como diría Jorge Manrique, fue mejor. Pero hoy tengo que hacer una excepción. Hoy, domingo 30 de mayo de 1999, La Razón publica un par de mamarrachadas en las que uno o varios cobardes, amparados bajo seudónimos, agreden de manera desconsiderada e injusta a Ignacio Arcaya Smith. Si se trata de una forma de agredir al gobierno, creo que es la menos afortunada, y si se trata simplemente de agredir a Ignacio Arcaya, se hace con tanta bajeza, con tal demostración de pobreza intelectual, que hay que salirle al paso. Empiezo por aclarar que no soy amigo de Ignacio. Nos conocemos desde hace más de cincuenta años, fuimos compañeros en los bancos de escuela primaria y luego nos hemos encontrado en varias partes, especialmente en la Cancillería, pero jamás nos hemos frecuentado como para convertir ese conocimiento mutuo, no exento de simpatía, en amistad. De manera que mi decisión de no publicar una crónica menuda no se basa en que deba defender a un amigo, sino en que debo defender a un ser humano que ha sido agredido de manera cobarde e injusta, y que no se merece las barbaridades que de él se han dicho. Ignacio ha hecho del Servicio Diplomático una forma de vida y le ha dedicado casi toda su vida al Servicio Diplomático. En las agresiones publicadas por La Razón veo claramente dos aspectos: la envidia porque se trata de un triunfador, puesto que ha llegado a un nivel que los agresores querrían para ellos, y el resentimiento de quienes ni han logrado lo que sueñan, ni tienen, como Ignacio, sentido del humor como para afrontar cualquier situación adversa. Si los agresores tuviesen siquiera un ápice de razón, no tendrían que escudarse, como cobardes que son, en la comodidad de los seudónimos "Cicerón II" y "Santiago Alcalá", el uno falso diplomático y el otro falso médico. Del primero no tengo idea de quien o quienes puede o pueden ser, del segundo, conozco dos nombres, pero preferiría enterarme de que ninguno de los dos tiene las manos en el asunto. En todo caso, la agresión contra Ignacio viene a ratificarme lo que dije en mi trabajo sobre las elecciones de diciembre: la política venezolana se ha convertido en un ejercicio degradado, sin valores, en el que no vale la pena ensuciarse. Estoy seguro de que Ignacio entra a esa liza de basura porque no le queda más remedio. Y mire usted, desde antes de revolcarse en ella, ya le tiraron encima un montón de desperdicios. Pero estoy seguro de que esos desperdicios volvieron, por un golpe de viento, a quienes los lanzaron, que no se ensucian más de lo que están, porque no se puede. Y ahora sí que regreso a mis crónicas menudas, intemporales, que no huelen. Estar en la liza de porquerías no vale la pena, Ignacio. No vale la pena. |